sábado, 27 de diciembre de 2014

24 de diciembre



Últimas compras para cenas hipervitaminadas, hipealcoholizadas e hipercolesteroladas. A partir de las tres de la tarde el tránsito de compradores se resiente hasta dejar las calles desiertas. Algún que otro bar con las persianas a medio bajar va intentando dar largas a los feligreses más cansinos. Radio 3 hace una maratón de imprescindibles de navidad con Bing Crosby, Willy Nelson, Nat King Cole... Como consecuencia directa de la Crisis, la comida se ha convertido en un bien escaso...y el dinero...
Cena de nochebuena por menos de 5 € (sin contar el gasto eléctrico)
Tres zanahorias troceadas
Tres patatas partidas a gajos.
Dos puerros partidos en juliana.
Dos pastillas de Avecrem.
Una hoja de laurel.
Sal al gusto.
Un trozo de morcillo, tocino, hueso de jamón fresco y restos de un pollo descuartizado.
Agua y a hervir. Para servirlo, unos trozos de pan convertidos en picatostes y algo de jamón troceado. Falta la hierbabuena...
Tras un buen rato ya tenemos el primer plato, algo caliente con sabor a verduras.
Segundo Plato.
Patatas y huevos fritos.
Para picar.
Aceitunas, aguacate, tomate y cebolla mezclados a modo de guacamole chabolista.
Para beber, oferta de Lambusco de color rojo radiactivo.
Total : 5 más IVA.
Estos días he observado una paradoja que dice mucho de los tiempos en los que vivimos. Los africanos que controlan el monopolio de la mendicidad en las puertas de los supermercados Dia suelen susurrarte algo para que les dé algo. Estos días, susurraban menos de lo acostumbrado al ver las caras de los que salían de comprar. En una “rueda de reconocimiento de la mendicidad” el 90% hubieran elegido antes a los compradores que a los africanos. Creo que si sigue la Crisis, acabaremos viendo a los que mendigan dando limosna a los que aún mantienen el tipo a duras penas.
Estos días me han recordado la novela de Arturo Barea en la época que narra cuando era un chavalillo y trabajaba despachando en una tienda para ayudar a la economía de la familia. Entonces, como ahora, ser pobre era con suerte tener un trabajo y ahora como entonces , el sol brillaba menos.

Esperemos que 2015 sea menos deprimente y el sol brille de nuevo. 

martes, 23 de diciembre de 2014

HA, HA



Existen sueños recurrentes que no hace falta pertenecer a la secta freudiana para saberlos interpretar. Digo sueños o más bien pesadillas porque algunos nos tienen en tensión durante unos instantes que parecen siglos en el cortometraje de producción propia. Está aquel en el que intentamos escapar y no nos movemos del sitio, el de las arenas movedizas. Durante la época de exámenes produje uno en el cual la policía me perseguía por calles estrechas y oscuras al estilo New York city. Como ya dejé aquel vicio español de estudiar una “carrera”, la policía dejó mis pesadillas para dedicarse a identificar ancianos manifestantes de las preferentes. Ahora que caigo... que nombres damos en este país a los estudios universitarios: “Carreras”. Definición de Carrera : “ Se dice de los estudios universitarios que se inician en España y se acaban en cualquier país de Europa fregando platos”. Un chiste... Tres ingenieros europeos, un español, un inglés y un alemán está en un bar ¿ saben que dice el español?... Que van a tomar los señores... penoso... Nuestro querido Nelson, el de los Simpsons, en España tendría hernia de facial y esguince de dedo de tanto Ha, Ha... No nos engañemos, esto siempre fue así.
A finales del siglo XIX, viajeros ingleses que se daban una vuelta por las tierras de Cádiz, hogar de sus venerados Sherry y brandy ibéricos, se extrañaban que no se aplicaran maquinaria en los procesos de producción. Los terratenientes les respondían que la mano de obra era muy barata y además garantizaba la sumisión de la población. En el primer tercio del siglo XX, las únicas regiones de Europa que seguían con un sistema feudal eran Andalucía y Sicilia, el progreso no ha sido nunca una prioridad en este país. La histórica emigración gallega o asturiana no se ha debido a una cuestión de turismo sino a la necesidad de sobrevivir a condiciones sociales indecentes. Cuando no sólo los hijos de los de siempre accedieron a estudios superiores y cualquiera sin rancio abolengo podía ser abogado o ingeniero, empezó a circular el mito que en España sobraban licenciados. En un país donde estaba bien visto mofarse de quienes se preocupaban por formase y en la familia siempre te decían eso de “ mira tu primo manolito, sin estudios y lo que gana en la obra. No estudies tanto que no sirve para nada”. Lo malo de eso es que en parte tenían razón, manolito pillaba 3000 euros al mes y tu te dejabas las pestañas estudiando. Entonces, nadie pensó que cuando manolito le tuvieran que cambiar una válvula del corazón le haría falta un cirujano y no un encofrador.

Universitarios españoles no desesperéis ¡ aún hay esperanza. Siempre harán falta guionistas para el programa Mundo Mongolo.

Nota : A mí tampoco me ha tocado la lotería de Navidad

viernes, 19 de diciembre de 2014

Mundo Mongolo



Hace casi cincuenta años, Umberto Eco publicó un artículo titulado Apocalípticos e Integrados. Analizaba el futuro impacto de la Televisión en la sociedad. Sostenía que aquel nuevo elemento podía tomar dos derroteros totalmente opuestos. El primero, y deseable, que fuera una plataforma para la educación a distancia, para la universalización del saber y favorecer el avance del conocimiento humano, humano en el mejor de sus acepciones. El otro, la banalización de sus contenidos, acabando su uso como medio de control de masas. Hace ya demasiado, la segunda hipótesis de Eco se convirtió en Ley Universal.
La televisión dio paso a internet y como entonces, el debate de su uso final aún está por definirse.
Antes de los libros y la mal llamada “Revolución de las Tecnologías” , la Televisión era la ventana al mundo para quienes vivían en pueblos pequeños y aislados que su único contacto con la civilización fuera de su ostracismo, era una pantalla de 3X4. He obviado los libros y las bibliotecas porque en este país nunca fueron una prioridad a la altura de la sanidad o la educación... véase como están estas dos últimas...
Antes se intentaba disimular en los programas de Televisión la estupidez, la superficialidad de los temas a tratar o lo insustancial de su razón de ser. Hoy no tienen ningún reparo en regocijarse de ello sin sonrojarse.
Los coloquios del bien recordado José Luís Balbín dieron paso a peleas callejeras en directo a las que llaman, ya no coloquios sino debates... como si el fin fuera el resultado de una pelea de gladiadores.
Mundo Mongolo pretendía ser el título de un programa para dar respuesta a esta necesidad de programas basura, sin complejos, sin eufemismos. Presentado por cualquier poligonero sin expectativas vitales más allá de su marihuana y recibir la paga de sus padres. Sentado en un sofá y con los pies apoyados en una mesa de café, gorra de los yanquis de nueva york y arropado por los colegas del barrio, nos haría llegar los temas de máximo interés para todos. La primera sección consistiría en poner vídeos de youtube de gente cayéndose, monos fumando y perros apareándose. Tras sus risas y comentarios a la altura del mono del que se reían, abrirían un coloquio de como plantan cada uno su marihuana, trucos de conservación , logística de ventas al por mayor y retal, etc... Para finalizar, la última sección la llamarían Mundo Friki. Durante una hora, alguien con estudios superiores a primero de ESO disertaría sobre el origen de las especies o el impacto de la contaminación en las grandes ciudades o quizás expondría una clase de historia. Durante esa hora la pantalla se desdoblaría y veríamos al mismo tiempo las reacciones y comentarios de los presentadores y creo que no se diferenciarían de las del vídeos del mono fumando.

Es viernes de un otoño que agoniza entre niebla y mañanas frías. Volveré a leer “el arte de insultar” de Schopenhauer que a pesar de no ser mi pensador favorito, me ayudará por si algún día me ofrecen presentar Mundo Mongolo. 

lunes, 15 de diciembre de 2014

Un billete de tren


Miro a través de los cristales empañados a la calle. Hace frío. No veo a nadie ni tan siquiera algún automóvil en dirección a su hogar. Nadie. De fondo, el rumor de un programa soporífero con risas enlatas no perturba el silencio que reina fuera. Me doy la vuelta y observo la habitación bajo la tenue iluminación de bombillas de bajo coste. La chimenea sigue ardiendo con el lento crepitar de la madera húmeda. Vuelto a mirar a través de la ventana. Nadie. Pienso. Hace un año me encontraba mirando la calle desde la misma ventana. Nadie. Pienso. Vacío. La televisión se apaga y las risas falsas son sustituidas por el sonido aterrador del segundero del reloj de pared. Rio. Me acuerdo de la época cuando sustituí los relojes por un gato chino que daba puñetazos, un puñetazos... un segundo, sesenta puñetazos... un minuto... Al fin y al cabo, el tiempo también nos golpea. Enciendo un cigarrillo y sigo mirando a la calle. En verano suelo decir que prefiero el invierno, en invierno suelo decir que prefiero la primavera... me doy cuenta que no lo tengo claro. Doy un sorbo a un rioja de oferta. Entiendo porqué está en oferta. Es lunes. Ayer me acordé anotando la fecha en los partes de trabajo que era 14 de diciembre. San Juan de la Cruz. Durante años viajaba siempre en ese mismo día hacia Madrid sin saberlo hasta que una vez encontré los billetes de tren en varios libros a modo de marcapáginas. También hacía frío pero los reencuentros te hacían entrar en calor y olvidarte que había pasado un año. 

it's a wonderful life



Lo peor de la navidad es que cae todos los años en invierno... no sé como lo hacen.
Dicen que el número de suicidios y depresiones aumentan. Señores serios de batas blancas explican en los quince segundos que les dan en el telediario de las tres que se debe a lo entrañable de las fiestas. Creo que están totalmente equivocados, además los psiquiatras nunca fueron gente de fiar sino acordaros de Radovan Karadzic...
La Navidad es tan jodida porque siempre hace frío en el hemisferio norte. No es los mismo un 24 de Diciembre cortando leña a 10 bajo cero para que no se te apague la chimenea en el Pirineo de Huesca que un 24 de Diciembre en un chiringuito de la costa de Brasil tomándote una caipiriña.

Primer factor maligno : Los Villancicos.
De pequeños te podían gustar pero varias navidades después descubrías que siempre eran los mismos... en Guantánamo los utilizan como método de tortura psicológica... normal.

Segundo factor maligno : La Cena con la Familia.
Vamos a ver... si la paz social en basa en este principio de la física cuántica : “ La Felicidad de un individuo es proporcional a la distancia que mantenga con la familia” A mayor distancia más feliz... Si acabas comiendo al lado del cuñado gilipollas y la hermana tocapelotas pues ya está... miras de reojo el cuchillo de la carne para cortarte las venas o le pides a tu mujer que busque en el bolso el Trankimazin... 

Tercer factor maligno : El clásico de Frank Capra “Que bello es vivir”
Para compensar, las autoridades administran esta película por varias cadenas en navidad para intentar convencer a los aspirantes a suicidas que no lo hagan, que el mundo sería un lugar peor sin ellos... Me abstengo de hacer comentarios...

Para terminar esta oda a las fiestas que nos atropellarán en breve, ruego a los fabricantes de ropa interior que dejen de producir calzoncillos rojos, al 99% de la población masculina que no somos modelos de Gucci llevarlos el 31 de diciembre nos hace más patéticos de lo que somos.

domingo, 14 de diciembre de 2014

Dios es pastelero



Del autor de clásicos como “Dios es de derechas” o “No tengo miedo, Dios es mi copiloto” hoy presenta “Dios es pastelero”.

Por higiene mental intento evitar los telediarios. Vi tantos hace tanto que ya me hice una idea de la realidad y vivo cada día en diferido. Para sobrevivir a estos tiempos, dejo que el inconsciente elija por mí, de todas maneras cuando tomaba decisiones conscientemente nunca acertaba... a ver si va a ser verdad aquello que tanto he escuchado...”Niño ¡¡¡ que eres un inconsciente” . Tengo otra teoría la llamo “diarrea mental”. Se trata de cuando pensamos y el resultado es una mierda. Así que siguiendo la estela de los smartphones y los métodos didácticos de los filandeses, dejaré de escribir a mano, calcular mentalmente, utilizar el ingenio para arreglar cosas con lo primero que vea, guisar sin receta y me compraré una pulsera de esas que te dicen lo que tienes que andar, cuando dormir, como comer y si ese día te toca sexo o no.
Adivino la pregunta que rondará por el pensamiento (consciente o inconsciente) del masoquista lector ¿Qué tiene que ver todo esto con que Dios sea pastelero?. La respuesta es... no lo sé, estoy funcionando en diferido, pregúntale a Cospedal.

Justicia para todos. No lo escribo en inglés porque google traductor no me funciona. Dos mil manifestantes en Boston. 26 detenidos. Soy un subversivo y calculo mentalmente que es un 1%. Pienso... (Ojo ¡ sigo con la rebeldía)...En una ciudad como Boston que será más grande que Madrid sólo dos mil personas salen a la calle para protestar por las barbaridades de la Policía norteamericana... me huele que los negros se están pintando de blanco... Obama es negro o lo era cuando lo hicieron presidente, aunque cada día lo veo más desleído...
Hace años la Convención de Ginebra se le cambió el nombre por el Club del GinTonic. A los nazis se les persiguió por crímenes de guerra ahora, la CIA tortura bajo el eufemismo de Interrogatorios Reforzados. Acabaremos llamando a los campos de exterminio paraísos vacacionales, al Hambre Dieta Mediterranea, a los muertos vivos en diferido y a las guerras Diferencias de Opinión... " esta mañana, en la diferencia de opinión entre Ucrania y Rusia, veinte personas han sido diferidas. En otro orden de cosas, el número de trabajadores españoles que trabajan en diferido aumenta. España gana la batalla contra la obesidad imponiéndose la dieta mediterránea"
Rajoy llama adanes a los de Podemos...porqué no caínes? Adán no era malo sólo que se dejó llevar por Eva que era activista del sindicato obrero del campo y ocuparon la finca “El Paraíso”, terrenos pertenecientes en copropiedad a la Duquesa de Alba y a Dios.

Presidente de la Comunidad de Madrid.
  • Señor Presidente. ¿ Abrirán los comedores escolares en navidades para atender a los niños sin recursos?
  • No. El compromiso de la Comunidad es luchar contra la obesidad infantil.
    Creo que ni los Monty Python se hubieran atrevido a soltar eso...
La verdad es que los telediarios son graciosos, lo anterior se emitió ayer. Hemos llegado a un punto surrealista en la sociedad que un día aparecerá Dios siendo juzgado en el Tribunal de la Haya. Cuando se le pregunte sobre su responsabilidades lo mismo escurre el bulto a lo Homer Simpson, soltando eso de “es que es mi primer día”.

Vuelvo a modo consciente que debo conducir mi clásico de veinticinco años y como me deje tirado, creo que mi smartphone  aún no sabe cambiar una rueda.

Cuando Sarajevo era Madrid





♫♫...Duke Ellington suena...sin Duke...media docena de velas iluminan, junto a la música, un subterráneo cuyas bóvedas amplifican el sonido hasta hacerlo más fascinante que las simples notas musicales....la que en otro tiempo fue una claustrofóbica estancia, ahora nos parece un palacio inundado por el humo de ansiolíticos
cigarrillos que no terminan de calmar manos temblorosas y tics nerviosos... Al fondo, una pequeña escalerilla sube a duras penas hasta una chapa de acero que hace de improvisada trampilla cuya apertura, de vez en cuando, ciega a los congregados recordándoles que sólo allí es siempre de noche... El saxofón marca el ritmo de la sui géneris interpretación de un jazz que me recuerda a las antiguas grabaciones en pizarra... Nadie vive allí en la realidad, es un viaje hacia ninguna parte, un espacio ausente de espacio, un tiempo ausente de tiempo... una mentira real de una ficticia verdad... nadie sabe en que día vive, hace ya que les dejó de interesar.... la batería toma el relevo... el bajo sigue atento para atacar en cualquier momento... un pequeño y destartalado piano consigue a duras penas hacerse notar... en aquel agujero hasta los chillidos de las ratas suenan a música celestial...
...Hoy, la ciudad cuenta con ciento cincuenta personas menos... de los presentes o de los ausentes según se mire... soy un privilegiado, estoy de paso... puedo permitirme el lujo de contar los días, las horas, los muertos.... estoy de paso... ellos seguirán aquí, algunos más ausentes que otros, enterrados en cualquier parque, tirado en cualquier calle, el resto seguirá con su tarea de sobrevivir...aunque sobrevivir no sea vivir...
A las tres mandaré la crónica del día, relataré esta jazz session para un público que con el café de la mañana
se quedará con lo insólito de la narración, con la anécdota...y tras ir al baño a cagar una comida que no les ha costado una carrera entre disparos, hacer una cola de horas o simplemente la vida, olvidarán lo leído sin saber que aquí, calentarse, comer o beber agua se paga con la moneda más cara, con personas que amaban o eran amados, hijos, padres, madres, hermanos que no volverán ese día ni el resto de los días... una mancha de sangre en el asfalto será todo lo que dejaran como recuerdo de una existencia.... Pero la música aún es gratis, alimento que mantiene almas en cuerpos cada vez más famélicos pero yo... estoy de paso.♫♫
Catorce de febrero de mil novecientos noventa y tres....día 285 del sitio de Sarajevo.



Cuando Madrid era Sarajevo


Ayer me desperté como casi todos los días. Me vestí, tomé mi pastilla para la tensión ( prefiero morir de cáncer de pulmón o súbitamente por insomnio que quedar postrado por una embolia cerebral) y preparé una cafetera con cigarrillos. Encendí el ordenador y me conecté a facebook después de mirar las inexistentes ofertas de empleo.
Al contrario que la mayoría, utilizo facebook de manera didactica en la medida de lo posible, bebiendo de la fuente del conocimiento ajeno. Agradezco a todos aquellos que publican que leen, que escuchan y obvio en que fiesta han estado o si se han comprado unas bragas en la rebajas.
Ayer me recordaron que había abandonado a Gloria Fuertes y … buscando... buscando... encontré un poema que se titulaba Cuando Madrid era Sarajevo. Lo que empezó como novela acabó como eso... un empiezo o un relato muy corto. En alguna conversación me preguntaban el porque mi fijación por el Sarajevo en guerra, aquella que ya nadie recuerda. Respondía una y otra vez que la similitud con el Madrid cercado de nuestra guerra civil me creaba esa necesidad de contar una historia, imágenes de seres humanos destrozados, caras desencajadas por el miedo, el hambre , la impotencia de una población indefensa...y seguía argumentando, teniendo que justificar el hecho de escribir sobre algo más allá del villorrio donde me parieron.

No sé si en esta vida cuenta las historias inacabadas pero quizás la vida consista en eso... en historias inacabadas... Hoy es domingo, apago un cigarrillo y seguiré escribiendo otra historia inacabada con la certeza de saber que al menos el botones y Dios saben que no soy tonto... ;)

En Madrid llovía metralla,
llovía injusticia,
llovían muertos.
Me regalaron un cordero.
"Tienes para comer un mes" me dijeron.

Los ojos del cordero me dijeron otra cosa.
Yo, por poco me muero de hambre.
El cordero se murió de viejo.
Nos cogimos cariño,
él y yo solos bajo los bombardeos.

Después iba a por hierba a los solares
para mi cordero.
Le enseñé a comer papel
con los partes de guerra
a mi cordero.

Gloria Fuertes.


viernes, 12 de diciembre de 2014

...




Caen las últimas hojas del otoño. El invierno llama a la puerta con sigilo. En el cielo bandadas de pájaros, a modo de flecha, escapan del frío viento del norte. Los perros vagabundos buscan un rayo de sol donde tumbarse. Mientras en el sur, se recogen los últimos frutos de temporada antes de mañanas heladas y noches perturbadoramente gélidas. El olor a chimenea inundan los paseos de media tarde. Las calles se iluminan con bombillas de bajo consumo recreando seres de otras latitudes con exceso de colesterol mezclados con folklore seudoreligioso y consumismo capitalista. Los sentimientos de culpa por no vivir en la calle y comer en Caritas nos hace empáticos un par de semana al año. Los bancos de alimentos sólo nos cobran una pequeña comisión por aliviar nuestras conciencias. Es más cómodo entregar un kilo de arroz a un aseado voluntario con chaleco reflectante que mirar a los ojos a quienes hacen cola para recogerlo. El invierno es lo que tiene...En primavera todo desaparece y en verano hay que preocuparse por reservar una semana en un todo incluido junto al mar. Pero aun quedan hojas por caer...

lunes, 1 de diciembre de 2014

LA OTRA ORILLA (Fin)



VI

Llega ya el final de esta historia. Imagino que muchos estarán especulando sobre quién pudo ser el afortunado, el valiente o el intrépido que logró al fin llegar a la otra orilla de esos ojos como lagos. O simplemente si hubo alguien que logró al fin realizar ese viaje ya que la empresa parecía resultar cada vez más imposible. De hecho, no hubo uno sino varios, los que lograron la proeza. Sentado en la cima de una de las mejillas, pude al fin descubrir el misterio que escondía el horizonte de esos ojos. Sólo yo, desde la altura, ajeno a todo intento, volcado únicamente en encontrar las mejores palabras para relatar esta historia, pude darme cuenta de lo que estaba realmente ocurriendo. Muchos fueron los que habían partido en busca de la otra orilla, y cierto es que ninguno regresó para contar si lo había logrado. Todos dimos por hecho que ninguno lo había conseguido, aunque no era así. Lo que se creía un fracaso de los intentos precedentes, servía para azuzar el ánimo de los nuevos pretendientes.  La falta de noticias alimentaba los sueños de los que esperaban su oportunidad. Yo veía partir y partir a grandes expediciones o a navegantes solitarios. Los seguía con la vista hasta perderse en la bruma de la mirada. También al principio daba por hecho que todos habían acabado naufragando. Los destellos que ocasionalmente veía a los lejos creía que eran incendios, o el reflejos de la luz de las estrellas. Y lo cierto es que ese brillo era la señal del éxito, aunque tardé mucho en comprenderlo. Era la manera que tenía el propio lago de agradecer que alguien hubiese sido capaz de horadarlo. En realidad esos ojos nunca habían sido esquivos. Nunca fue consciente el lago de que cada uno de sus parpadeos había ocasionado alguna catástrofe. Si los hombres estaban ansiosos por circunvalarlos, esos ojos estaban igualmente impacientes de ser navegados. Y no hay mayor premio para unos ojos, que el de que un hombre logre llegar hasta el fondo de su mirada. De ahí, el nacimiento de esos destellos. Con cada nuevo guiño de luz,  el lago y su mirada, se hacían aún más profundos y el secreto y el premio que se escondía en ellos, se hacía aún más inalcanzable, pero más hermoso. Los últimos destellos que pude observar surgiendo de más allá de la línea del horizonte de esos ojos, más parecían soles que estrellas. Sobre mi cabeza se había creado ya todo un firmamento.   Había estado asistiendo durante todo este tiempo, sin darme cuenta, a la transformación de unos ojos en lagos, y esos lagos, en el reflejo de todo un firmamento.  


                                                                                  Epílogo


Así, sentí la tentación de correr mejilla abajo para anunciar a la ciudad, que ya se había formado al resguardo de un párpado, mi gran descubrimiento. Pero detuve mi carrera. Me di cuenta de que desvelando el misterio quizás cesase la búsqueda que sin saber estaba originando tanta belleza. Decidí entonces callarme, guardar el secreto. Construí, eso sí, una pequeña granja en lo más alto de una de las mejillas. Y ahora paso la mayor parte del tiempo cultivando pecas, sonrojos y algún que otro lunar. Adquirí hace tiempo cierta fama de loco solitario, siendo el único hombre que no ha intentado nunca el viaje a la otra orilla, pero consciente de mi descubrimiento, no me importa.  Al atardecer me siento en una hamaca, enciendo un cigarro y espero que surja en el horizonte de esa mirada, un nuevo destello.


viernes, 28 de noviembre de 2014

LA SEMILLA



Los de siempre volvieron a adueñarse de todo. Bastaron unos años de bonanza, seguidos de la relajación que conlleva todo éxito para que la gente volviera a sentirse confiada y segura tras el frágil escudo de la razón. Pensaban que por fin la historia no volvería a repetirse. Esta vez, su victoria era absoluta. La historia dejaría de dar rodeos sobre sí misma, sobre los rincones obscuros del hombre y caminaría por fin recta hacía el futuro, hacia la luz de las grandes ideas. Pero no fue así, volvieron los de siempre, que en realidad nunca se habían ido, pues no hay rincones en el mundo para esconderlos a todos. Habían permanecido entre nosotros, los buenos, los confiados, fingiendo sus sonrisas y arrancando del pecho sus insignias.  Y un buen día, lamidas sus heridas, arrojadas al suelo sus máscaras de derrota, salieron de sus santuarios, bajaron de sus áticos, resurgieron de sus cenizas doradas,  con la cara descubierta y mostrando orgullosos sus bocas rebosantes de bilis y baba. Y de nuevo, su victoria fue rápida y precisa. Con patadas en la puerta y culatazos en el estómago volvieron a torcer la historia y modelarla a su antojo. En un hábil vaivén, con una rápida zozobra, con un hábil engatusamiento de los espíritus, se apoderaron de los hogares, se apoderaron de las fábricas, derribaron los museos para rehacerlos en cuarteles y lo que es más importante, se hicieron dueños de todas las escuelas, ese fue, en este nuevo abordaje, su primer objetivo. Mascando su rabia, agazapados tras el relámpago de un cañonazo habían corregido los errores de su pasado. Cauterizaron la memoria, redujeron la palabra a las catacumbas. Prohibieron el pensamiento y todo lo que pudiese engendrarlo. Se criminalizaron la tertulia, la caricia, el baile y el beso.



Amordazaron la palabra, al fin y al cabo, ella era la culpable de todo. Reunieron todos los diccionarios del mundo, formaron con ellos una gran pila y les prendieron fuego. ¡A todos! Que no quedase ninguno. Esta vez iban a ser certeros en su oficio de verdugos. Con todo, en un gesto de soberbia, de la condescendencia que gusta lucir el intocable, al que se cree invencible, rescataron una palabra, una sola palabra de una hoja arrancada de entre todos los diccionarios del mundo. Una palabra a modo de ejemplo, una palabra a modo de recuerdo, una palabra a modo de capitulación, una palabra a modo de juego y de exhibición. Una palabra como una moneda para que los pobres pudiesen comprar pan duro y los catedráticos se entretuviesen con ella. Así, esa sola palabra, tan insuficiente para un mundo poblado con tanta inquietud, con tanto llanto, con tantos sueños, pronto resultó insuficiente. Una palabra inútil y manida que daba pena pronunciar. La mascábamos en la boca y tras mucho morderla, seguía sin saber a nada, seguía sin decirnos nada. Una palabra exprimida, una palabra famélica, una palabra siempre agonizante. Una palabra anzuelo, una palabra asustada, una palabra vacía.



Pero ese fue el gran error de los de siempre. Fue ese minúsculo hueco de benevolencia por dónde se coló nuestra victoria. Porque una palabra, una sola palabra, por ridícula que sea lleva en sus entrañas un amago de germen. Una palabra es siempre un eco de lo dicho, pero un eco sobretodo de lo que queda por decir. Esa palabra exhausta fue creciendo en cada uno de nosotros, se transformó en noche agitada, en sueño, en brillo en los ojos, en viento, en ola, en risa y por fin, esa una única palabra, fue el clavo ardiendo de nuestra desesperación. Esa única palabra prestada fue la semilla de nuestro grito. Y gritamos, y los vencimos. Nuestra victoria no fue tan rápida como la de ellos, ni tan limpia, ni tan ordenada. Fue eso sí, la victoria definitiva. O eso creíamos hasta que ellos, los de siempre, volvieron a salir de sus templos, bajaron de sus áticos y transformaron en lodo sus cenizas doradas. El ruego del último de nosotros, aquel que fue el último en rendirse, fue sencillo, ingenuo, modesto. “Me rindo sí, a vosotros me someto, reconozco vuestra fuerza y a ella me encadeno, pero dadme al menos una palabra, no para mí, una sola palabra como una pequeña naranja, con la que pueda entretener a mis hijos”.

lunes, 24 de noviembre de 2014

LA OTRA ORILLA (penúltima parte)



V

¿Había nacido el hombre que lograse atravesar esos ojos
como lagos? ¿Estaba ese hombre ya entre nosotros? Después de la época de los aventureros y navegantes, llegó la época de los sabios. Las iniciativas más descabelladas habían fracasado: los intrépidos a lomos de su propia temeridad, los bellos cabalgando sus egos, el baron Münchhausen tirando de su propia melena. Ni los locos a horcajadas sobre sus propios sueños habían logrado llegar muy lejos. Unos y otros acabaron pereciendo en la profundidad insondable de esa mirada. Ahora eran los ingenieros, los arquitecos, las mentes frías de corazón pusilánime los que se creían con el derecho a retomar el abordaje. De despojos construyeron puentes y con migajas de desprecio levantaron sus pilares. De la materia obscura que conlleva el rechazo era la argamasa en la que se forjaron todos sus ingenios. La memoria de tantos y tantos fracasos sería la catapulta de su intento definitivo. La historia tenía por fin su función en ese relato. Recopilando errores, desechándolos, el hombre científico no volvería a estrellarse en su impotencia. Una babel de máquinas empezó a crecer al borde de unos ojos que ya empezaban a impacientarse. Una orgía de artificios kamikazes a la orilla de lo inabarcable. Definitivamente, el hombre, en su búsqueda de lo hermoso, de lo inescrutable, creyéndose juicioso, creyéndose cuerdo, se había vuelto definitivamente loco. Nadie parecía darse cuenta del error mayúsculo que suponía esta nueva esperanza. ¿Cuándo había logrado el frío metal el premio siquiera de un  beso? ¿Cuándo una marabunta de poleas, engranajes y tuercas podría doblegar el imperecedero destello de una mirada? Sin ser yo el más sabio de los que allí se encontraba, responderé: ¡Nunca, nunca, nunca! Así ha sido siempre y así continuará siendo escrito. No quise ser testigo de esta nueva ruina. En esta ocasión, la derrota, no sería hermosa, no sería cantada a través de los tiempos. Con esa derrota moriría la época de la épica y los poemas. Así que decido cobijarme a la sombra de una mejilla, a la espera de que sea el propio lago, el que me revele cómo puedo sondearlo. Sólo en sus entrañas está la respuesta a su circunvalación.


jueves, 9 de octubre de 2014

LA OTRA ORILLA (cuarta parte)


IV
 
      Esa playa serena otra vez al borde del infinito, vuelve a
llenarse pronto con la llegada de otros hombres que encienden hogueras cerca de la orilla. Vienen cargados de herramientas y nuevas ideas para el asalto de esa extensión que no deja de crecer con cada expedición fracasada.  Esperan ansiosos ser ellos los primeros triunfadores en esa peregrinación de apetitos milenarios. Todo alrededor de estos ojos como lagos va adquiriendo las dimensiones de una nueva epopeya, en un tiempo en el que sin embargo, ya nadie cree en los dioses. Yo, mientras tanto, continúo siendo un cobarde, incapaz de nadar púpilas interminables  he optado por convertirme en el cronista de esta historia. Entre los restos con los que tropiezo cuando paseo por la playa de estos ojos, me encuentro pedazos de folios, humedecidos por las lágrimas y quebrados por los vientos de sus párpados.  Sobre ellos escribo ahora. Algunas noches logro encaramarme sobre sus mejillas, a eso es a lo único a lo que mi valor alcanza. Permanezco sentado en su cima largas horas observando como las hogueras esparcidas por la playa se asemejan a pequeños firmamentos bordeando la negra profundidad de esa mirada.   Todo esta noche está tranquilo, calma serena en la que se masca el desasosiego por el anuncio  de un renovado abordaje de lo inescrutable.

Continuará...

LA OTRA ORILLA (tercera parte)



III
     
 Parpadeaba y con su parpadeo creaba huracanes. El viento desatado arrasaba en pocos segundos todo lo que los hombres habían ido creando empujados por su curiosidad enfermiza. Durante unos días, daban lástima las ruinas en las que se convertían las riberas de sus ojos. Las torres que pretendía ser atalayas yacían hechas pedazos, se encontraban sus restos por todas partes, enredados en los tallos de sus pestañas, ocultos en el nacimiento de sus párpados, párpados que con un leve aleteo se habían transformado de destinos en verdugos. Las noticias de otra catástrofe se extendían pronto, los pocos supervivientes las llevaban consigo allí dónde huían. Pero por contra de lo que se pudiera pensar, esas crónicas funestas hacían que creciese la leyenda de esos ojos como lagos, que iban aumentando con cada desolación en la boca de  trovadores y fanáticos, hasta ser quizás océanos. Derrumbe tras derrumbe, la leyenda de lo insondable de esa mirada atraía a nuevos aventureros. Adictos a la tragedia, rasero de sus hombrías, nuevos fondeadores del misterio acudieron hechizados por el canto de sirena que suponía la otra orilla.  De los lagos entonces se desprendían algunas lágrimas. Los lagos lloraban, dejando limpia de destrucción la ribera de esos ojos, donde los hombres se iban asentando. Surgían límpidas nuevas ensenadas desde las que cabotar otros sueños.                                                        
Continuará...

viernes, 26 de septiembre de 2014

LA OTRA ORILLA (segunda parte)

II

Centenares eran  los hombres que llegaban hasta la ribera de esos ojos como lagos. Exploradores, aventureros, avezados navegantes, todos querían saber qué había al otro lado. Encaramándose unos sobre otros no lograban descubrir nada. Así que pronto empezaron a construir torres cada vez más altas para alzarse sobre ellas y otear mejor el horizonte… Pero tampoco lograron levantar el velo que ocultaba el misterio de ese otro litoral. En la lejana línea, allí donde iba morir el resplandor de esos ojos, solo lograban adivinar una ligera bruma, que llegaba envuelta en un canto parecido al de las sirenas. Era su ansia, el deseo que crecía cada vez más por saber que se escondía en esa lejana orilla. Pero nadie, desde esas alturas improvisadas gritaba ¡tierra!. Nunca llegaba el tan deseado anuncio. Yo, sentando en sus párpados, con los pies en remojo y soñando con tener el valor de zambullirme alguna vez en la pupila de ese lago, veía trabajar  día tras día a todos esos hombres. Observaba como crecía su nerviosismo y cómo fracasaban en todos sus intentos. Algunos intentaron incluso construir precarias balsas con trozos de pestaña y otros restos de naufragios. Entonces ella, la dueña de esos ojos como lagos, cansada de tanto acoso, parpadeaba…

Continuará...

jueves, 25 de septiembre de 2014

LA OTRA ORILLA

I

Sus ojos eran enormes. Un poeta los describió una vez como pozos sin fondo, pero en realidad, sería más correcto referirse a ellos como lagos. Muchos hombres se sentaban en el borde de esos ojos y desde allí, aún poniéndose de pie o encaramándose  unos sobre otros, nunca alcanzaban a ver la otra orilla. Lo sé porque yo fui uno de esos hombres. Pasé largas horas sentado sobre sus párpados, mojando a veces mis pies en sus lágrimas. Pero nunca me atreví a darme un baño en su mirada, arrojarme a la profundidad de su pupila y bucear hasta alcanzar el punto donde se hunden todos los rayos de luz, aguantar la respiración sintiendo el vértigo y el ahogo oprimir mi pecho, pero surgir al fin, exhausto al borde del desmayo. Agarrarme para sobrevivir a alguna mota de polvo que flotase en la superficie y dejarme arrastrar por la corriente hasta esa otra lejana orilla...

Continuará...

lunes, 15 de septiembre de 2014

REVOLUCIÓN Революція



El camarada Volodimir Svidzinsky casi no pudo contener su alegría cuando le informaron de que su edificio, del que él era el vigilante responsable, había sido seleccionado con el enorme privilegio de albergar en su fachada un busto del camarada jefe Iósif Stalin, padre de todos los rusos. Y eso que las maneras por las que fue informado fueron más que bruscas. La mañana del 5 de diciembre de 1932 una pareja de policías políticos del NKVD aporrearon su puerta con gran alboroto e impaciencia. En ese momento, Volodimir, aunque comunista ejemplar, se temió lo peor. Las purgas en aquella época eran ya más que frecuentes, la desaparición de personas sin motivo aparente no suponían ya ninguna sorpresa y la extradición a los gulags de Siberia se había convertido en el castigo más habitual  para todos aquellos que se oponían, aunque fuese tibiamente, a las órdenes que llegaban de Moscú.  Aunque en Ucrania, en pleno invierno del “Holodomor”, o “Gran Hambre”, tan tremendo castigo casi había pasado a ser una bendición. Al menos, en aquellos campos de concentración los rumores aseguraban que la gente tenía un mendrugo de pan congelado para llevárse a la boca. Pero Volodimir, ajeno a críticas y habladurías, se había apresurado hace meses, con las primeras oleadas de la hambruna a pedir al comité central en Maianiv, su pueblo natal, la instalación de un busto de Stalin en su destartalado bloque de casas. Hacía tiempo que no funcionaba nada en ese bloque, no había luz eléctrica desde la primavera, las cañerías habían reventado nada más caer las primeras heladas, unos y otros vecinos, iban desmantelando todo el mobiliario de sus viviendas para tener al menos algo con qué calentarse. Conseguir comida, eso era aún más difícil. En contra de la voluntad de todos los residentes del bloque, esa había sido su petición, preferible el busto de Stalin a unos arreglos de urgencia. El camarada jefe, el padre de todos los obreros del mundo, no podía enterarse de que el poder de la gloriosa Unión Soviética no había llegado todavía a unas modestas casas de campesinos, y que estas se estaban viniendo abajo porque no había recursos para evitarlo. En realidad todo Mainaniv se estaba viniendo abajo sin que nadie pudiese detener ese derrumbe generalizado. Volodomir intentó ser hábil. “El camarada Stalin merece toda nuestra admiración y agradecimiento. Qué mejor manera de honrarle que colocando su busto en el hogar que ha tenido el detalle de construir casi con sus propias manos para todos nosotros, humildes campesinos ucranianos.” Eso les había dicho a los del comité, pensando únicamente que así se ganaría algún favor. En realidad la estatua y por supuesto el maldito Stalin le traían ya sin cuidado. El sólo quería algo de comida con la que pasar el invierno.  Pero nadie en el bloque, por mucho que quiso explicarlo, pareció comprender ni apoyar su estrategia. “Ya está el fanático de Volodomir. Puto comunista. Su obsesión nos va a matar a todos de hambre. Acaso nos podremos comer la cabeza del camarada Stalin. Mucho mejor nos hubiese venido un saco de nabos congelados, imbécil.”

Así, cuando los sicarios del NKVD se presentaron ante la puerta del asustado Volodimir, nadie acudió a ver qué ocurría. Todos prefirieron permanecer acurrucados bajos sus raídas mantas. “Allá se las apañe él, pelota de mierda”. Volodimir sí acudió rápido a abrir la puerta y al principio no pudo entender qué le estaban diciendo. “¿Es usted el camarada Volodimir Svidzinsky, jefe de la vigilancia del bloque 13, departamento 9 de la localidad de Mainaniv?“Sí soy yo” respondió aturdido. “¿Qué ocurre?”.Abajo en el portal, está el regalo del camarada jefe Stalin que pidió al comité. Debe encargarse de que luzca en un sitio bien visible mañana, 6 de diciembre, fecha del nacimiento de nuestro líder. ¿Entendido?”.Si claro. Será un gran honor para todo el vecindario”. “Firme aquí, camarada” Le entregaron un papel sellado y se fueron ajustándose los cuellos de sus enormes abrigos grises.  Y sí, mientras escuchaba el eco de los pasos perderse escalera abajo, el camarada Volodimir no pudo evitar sonreír. El miedo dio paso al estupor pero este enseguida fue sustituido por algo parecido a la satisfacción.  Su plan empezaba a tomar forma. Cuando el sonido de los pasos se hubo disipado y estuvo seguro de que los policías ya habían abandonado el edificio, fue él quién bajó corriendo las escaleras. “Qué extraño” pensaba, “¿por qué no habrán subido ellos mismos el busto de Stalin? Panda de vagos, sólo saben asustar a la gente con sus voces serias y sus relucientes abrigos. Hijos de puta, no vayan a herniarse subiendo un par de plantas cargando un poco de peso”. Cuando llegó al rellano del edificio el enorme bulto que encontró allí fue el que respondió a sus callados reproches. Apoyado junto a la puerta de entrada, envuelto en algo parecido a una lona negra, había un enorme paquete, mucho más algo y ancho que el propio Volodimir. “¡Pero que hijos de puta! ¿Esto que coño es?”. Apartando la lona, pudo comprobarlo. No era el busto de Stalin lo que le habían traído, era su estatua entera, con los brazos en jarra apoyados en la cintura, con pose de iniciar una arenga, toda hecho de un metal bastante sólido, y maldita sea, el conjunto tenía toda la pinta de ser muy pesado. El pobre no podía entender nada. “¿Y ahora dónde cojones coloco yo este monstruo? Inútiles del comité, no se enteran de nada”.

¿Colocar eso en la fachada del edificio? Si casi estaba seguro que el bloque se vendría abajo si lograba subirlo una sola planta. Pasó un buen rao sentado en un escalón, con las manos en la cabeza  y maldiciendo su mala suerte. Pero debía ponerse manos a la obra. Sólo faltaba que no cumpliese el encargo. Seguro que de esta lo mandaban a Siberia. Fue subiendo a todas las plantas, llamando a todos las casas, pidiendo ayuda. “Camaradas, necesito vuestra ayuda. Tenemos que colocar al padre Stalin en un buen sitio. Entre todos acabaremos pronto. Después seguro que somos recompensados”. Pero de la mayoría de las habitaciones no le llegaba ninguna respuesta. De unas pocas solo gruñidos y algún que otro insulto. “¡Bastardo, ahora te apañas tu sólo. ¿De quién fue la idea de traer la puta cabeza de Stalin a este edificio? ¡Con el hambre que tenemos! Avísanos cuando traigan sacos de patatas, entonces claro que te ayudaremos!”  Estaba claro de que esa caterva de ingratos no iba a lograr nada. Debería hacer el trabajo él solo. Ya se reiría de ellos cuando fuese premiado por los del comité. Aunque un poco imbéciles, seguro que ya habían tomado buena nota de ese gesto, de lo buen comunista que era.

¿Pero dónde colocar esa mole? Pincha en la bandera si quieres seguir leyendo el cuento
Revolución

lunes, 18 de agosto de 2014

CABO DE GATA

Cada persona un mar,
cada corazón un puerto,
cada caricia un canto de sirena,
una orilla en mis manos, una cala en mis labios,
y en cada poema,
un faro.
           
 Soy una playa y con cada ola
atraca en mí todo un mar, y otro mar, y otro…
Algunos esconden tesoros,
o eso cuentan las leyendas marineras,
aunque desde hace tiempo,
sólo fondean en mis litorales
robinsones,
corsarios
o restos de naufragios.
           
     Desde los tiempos de los barcos de vela
soy un galeón desarbolado cabotando Atlántidas,
la brújula perversa del holandés errante,
la infructuosa carta de navegación
del Mar de los Sargazos: 
     Soy una isla buscando encallar en otras islas.

 

viernes, 8 de agosto de 2014

CAPERUCITA NEGRA



-         Me gustan tus manos. Con esos dedos tan largos serás capaz de hacer muchas cosas ¿verdad? – Mientras dice eso el hombre se imagina ya siendo recorrido por esos dedos y se estremece de placer.

Él no lo sabe, pero la mujer a quién le está hablando, mientras acaricia sus manos de largos dedos es una gran virtuosa de la música. El mundo lleva años sorprendido por la facilidad y originalidad con la que toca cualquier instrumento e interpreta a los mejores compositores. Todos creen que el secreto de su talento son sus largos, larguísimos dedos. Y es cierto, con dedos tan interminables como caminos sin recorrer no hay para Vera partitura que se le resista. Lo que el mundo ignora es que Vera odia sus manos, y en particular, esos dedos tan largos.



-         Ojalá pudiese cortármelas… - responde, interrumpiendo la caricia – las odio, ¿sabes? Odio estas manos con dedos como látigos. Y odio que todo el mundo me esté siempre preguntando por ellas.
-         ¿Por qué dices eso? Tus dedos son increíbles…
-         ¿Mis dedos dices? Estos dedos son un calvario, tan largos sólo sirven para hacerlo todo tarde, cuando ya no es necesario.
-         No te comprendo.
-         Con unos dedos así, por ejemplo, cuando acaricio el pétalo de una flor, tarda tanto en llegarme su sensación que cuando siento esa flor, solo siento ya la flor marchita… Es algo así como mirar a las estrellas, de las que solo vemos su luz de hace mucho tiempo…
-         Como hacer el amor y sentir el orgasmo horas después… - inquiere el hombre con cierta picardía
-         Sí algo así, me llegan las sensaciones cuando ya no las estoy buscando. Y mucho peor con las personas. Sólo logro palpar decadencias, arrugas, pieles yermas… El tacto que yo recibo son sólo ecos de la pieles que ansío.
-         ¿No quieres tocarme a mí?
-         ¿Para qué? Para saber en qué te vas a convertir… Seguro que no me gustará lo que sentiré… De hecho ni siquiera me gustas ahora.
-         ¿Quieres que me vaya?
-         Sí, mejor será…

            Ese es el dolor de Vera. Es tanta la distancia que crean sus dedos entre ella y el mundo que Vera se siente muy sola. Sus dedos, sus malditos dedos que ya no considera suyos, por mucho que unos y otras se empeñen en mostrarles sorpresa y admiración. Esos dedos son una condena para ella, un reproche que siempre llega puntual para recordarle todos sus errores, aquello que ya no podrá ser. Para ella es imposible ser feliz sabiendo que todo acabará languideciendo. Verá entonces se levanta del sofá y se dirige a su habitación, con el gesto triste, los brazos caídos y arrastrando sus dedos por la moqueta. Sabe que mañana se despertará con la incómoda sensación de estar cubierta de polvo. Así es la vida de Vera, condenada a llegar sólo a las ruinas.

(Un cuentecillo que se me ocurrió al ver esta pegatina en la puerta de un servicio. Dedicado a todas las personas de manos largas)
San José, Almería.

viernes, 18 de julio de 2014

REFLEJOS



Cuando Tomás le preguntó a su madre que qué eran los charcos en el suelo, ésta le respondió que eran ventanas a otros mundos paralelos y que cada persona tenía el suyo propio, resultó que era cierto. Niño inquieto como era, a la primera ocasión que tuvo, Tomás salto dentro del primer charco que vio e inmediatamente apareció en un lugar que sin ser extraordinario, estaba claro que no era el mismo que había abandonado de un brinco hace sólo unos segundos.  No sabía expresarlo de un modo adecuado pero había algo en el ambiente que le resultó extraño, diferente y por supuesto, sumamente intrigante. Decidió darse un pequeño paseo para ver si era capaz de resolver el misterio. Las calles por las que fue transitando, los rincones en los que se escondió, los parques por los que correteó y los bancos en los que se sentó a descansar eran los mismos que en su ciudad natal. Para tener la certeza de que no estaba soñando este extraño viaje, con un cortaúñas hizo unas muescas en el tronco de un árbol en una callejuela familiar. Siguió paseando y pasadas unas horas, se percató que lo enigmático del lugar no eran sus espacios sino las personas con las que se iba cruzando. Algunas le resultaban conocidas, como el frutero del barrio o la madre de Miguel, el monaguillo que se sentaba dos pupitres más atrás en clase de lengua, aunque todas se mostraban siempre en actitud embelesada y distante, como si no le conociesen, es más, como si ni siquiera pudiesen verle. Probó a hacer todo tipo de muecas y malabarismos para llamar la atención, pero no obtuvo ninguna respuesta. Como si de un fantasma se tratase, la gente continuaba su camino sin notar su presencia. Y esto a Tomás, en vez de asustarle, le fascinó. Acababa de descubrir que en ese mundo paralelo, cualquier cosa que hiciese, no tendría consecuencias. Extasiado por su propio razonamiento quiso pasar allí muchas más horas, pero ya estaba anocheciendo. Comenzó a correr en busca del charco por el que había entrado pero no logró encontrarlo. Empezó a ponerse nervioso y entonces pensó que quizás podría retornar a su mundo por cualquier otra “puerta”. Saltó de nuevo en el primer charco que se encontró y efectivamente, volvió a aparecer en su ciudad original, de hecho,  no estaba muy lejos de su casa. Corrió frenético a contarle a su madre su descubrimiento pero a los pocos metros se paró en seco. Para qué tanta prisa si su madre ya sabría lo que ocurriría en esos mundos paralelos. Llegó a su casa exhausto pero radiante, se sentó a la mesa respirando sonoramente pero nadie pareció darse cuenta de su agitación. Su padre y su madre hablaron de los mismos temas de siempre y le preguntaron las mismas cosas  sobre el colegio. 

No hay que decir que Tomás esa noche durmió poco y mal. Los sueños que tubo tampoco estuvieron a la altura del mundo que había descubierto esa tarde. Al día siguiente volvió a saltar y a pasar horas y horas correteando por la nueva ciudad que había estado escondida al otro lado del charco sin que él lo supiera. Y así tarde tras tarde, esos paseos se convirtieron en el mejor de sus entretenimientos. E hiciese lo que hiciese, estuviese el tiempo que estuviese, a su regreso nadie parecía darse cuenta de lo que había estado haciendo o le echaba en falta, si acudía tarde a la cena. Pensó que la pasividad de sus padres o sus amigos se debería a que quizás ellos también pasarían muchas horas recorriendo sus lugares paralelos. Descubrió Tomás que incluso al traspasar el charco no sólo se diluía el tiempo o la atención de los mayores. Todo, absolutamente todo, perdía su vigencia una vez regresaba del mundo recíproco. Cuando era castigado o cuando rompía algún objeto de la casa corría a sumergirse en algún charco y al volver, el objeto se había reconstruido milagrosamente y sus padres habían olvidado la reprimenda. Una vez acudió al árbol que dejó marcado en su primer paseo. Buscó las marcas que le había hecho con el cortaúñas pero no las encontró. La alegría de Tomás se tornó infinita. ¿Qué chiquillo no  estaría igual de alegre en similares circunstancias?

La vida de Tomás se transformó en un paraíso continuo. En un lado, pasaba siempre completamente desapercibido, y en el otro, sus faltas nunca eran tenidas en cuenta. Además, un buen día, Tomás volvió a preguntarle a su madre que si aparte de los charcos, existían otras “ventanas” para poder acceder a los mundos paralelos.  Su madre, igual de despreocupada que la primera vez, le respondió que sí, que bastaba con abalanzarse sobre cualquier superficie que reflejase la luz. Servían por igual espejos, cristales ahumados o pantallas de televisión. Sólo debía ser espacios lo suficientemente anchos para dejar pasar su cuerpo. ¡Estupendo! Pensó Tomás, así no dependería sólo de los días de lluvia para poder realizar sus viajes. Desde entonces, sus escapadas fueron diarias y a las horas más intempestivas, sin esperar por ejemplo a terminar las clases. Que estaba duchándose por la mañana, le daba igual, saltaba a través del espejo del armario y se daba un largo paseo, total, al volver al cuarto de baño seguiría siendo la misma hora y nadie le había echado en falta.

Pero casi sin darse cuenta y sin saber porqué, esa facilidad para trasladarse de un lado a otro, esa absoluta anomalía en las obligaciones, ese moverse de un lado a otro con total impunidad física y temporal poco a poco empezó a desvanecerse.

Un buen día, las personas con la que se cruzó por las calles de su mundo paralelo empezaron a mirarlo y a perseguirlo allá por dónde iba. Esto a Tomás le puso nervioso y acabó huyendo, saltando a través de la ventana de una panadería. Justo en el momento en el que cruzaba al otro lado, alguien le gritaba a sus espaldas, “¡Eh, Tomás, no te vayas tan pronto!” ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué de repente el mundo alternativo dejaba de ser tan inocuo para él? Esta situación se repitió durante las siguientes visitas que realizó, sin importar el lugar por dónde entrara o saliese. Además se dio cuenta de que a su regreso, las cosas en el mundo real, sí habían cambiado, o mejor dicho, continuaban estando como él las había dejado, lo cuál resultaba todo un incordio. Sus padres ahora le preguntaban siempre porqué llegaba tan tarde o porqué tenía la ropa empapada. Los jarrones rotos, los ejercicios de la escuela sin hacer, ¡todo seguía igual a su vuelta! Lo que antes había supuesto una fácil huída, ahora se convertía en un problema, pues hacía que sus responsabilidades se acumulasen una tras otra, mientras el tiempo que tenía para cumplirlas se había reducido. Las muescas que hacía a los árboles aparecían también en el mundo real… Además, por esas heridas en el tronco, el árbol empezaba a derramar gotas de sabia. Esto a Tomás lo intranquilizó enormemente.

Y así de un día para otro, del mismo modo que habían empezado sus aventuras, Tomás dejó de saltar sobre los charcos o atravesar los espejos que encontraba a su paso. Ya no era divertido y a su vuelta los problemas no sólo no había desaparecido sino que se habían multiplicado durante su ausencia.

Hoy Tomás es ya un hombre. Está apoyado en el borde de una piscina. Observa los charcos que se han formado muy cerca de él, con el agua que unos y otros han ido salpicando, y recuerda sus aventuras de cuando era un niño. Se pregunta ahora si tras ese reflejo seguirán estando esos mundos mágicos en los que todo parecía ser posible. Decide volver a zambullirse, nadar unos minutos más y ver qué es capaz de descubrir bajo el agua cada vez que sumerje la cabeza. Pero al abrir los ojos, estos le pican por el cloro y tiene que volver a cerrarlos.