domingo, 23 de diciembre de 2012

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La madrugada se presenta muy fría. Sobre un universo limpio y claro las estrellas no paran de guiñar sus diminutos ojillos. Al respirar, el gélido aire nos insufla la serenidad que da sentirse vivo. El café se ha enfriado y el cigarrillo en el cenicero ha dejado de exhalar su azulino humo. Silencio. Todos duermen. Una tenue brisa mece las hojas del limonero y un gato se mueve lentamente como si no quisiera interrumpir los sueños que en todos y cada uno de los durmientes se proyectan a modo de cortometrajes surrealistas. Giro la cabeza y me veo veinte años menos, enmarcado con una sonrisa y un clavel, quedo pensativo y doy un sorbo de café. Enciendo otro cigarrillo y cierro los ojos. Intento recordar la última vez que reí y no me acuerdo. Todos duermen. Silencio... y sonrío...

viernes, 21 de diciembre de 2012

Hoy se acaba el mundo y yo ya me he peinado...



Tic-tac, tic-tac, tic-tac... y nada, que el meteorito no cae... eso sí, la prima de riesgo está por debajo de los 400 puntos, ya puedo tener mi momento all bran esta mañana más tranquilo. En Madrid ponerse enfermo es políticamente incorrecto... venirse al Sur, aquí ya tenemos esparatrapo y gasas en urgencias... En Valencia hacen colas de hora y media el populacho para comprar barras de pan a veinte céntimos... y es que los pobres os quejáis de vicio... Mi querida Ana Mato, la que decía que no entendía a los niños andaluces cuando hablaban... pues si me escuchara a mí...*), logrará el milagro de Lázaro... hará que los cojos anden sin muletas y los inválidos leviten sin sillas de ruedas... Tu Putamadre ¡( en andaluz significa que linda eres ¡)... El PSOE hará casi veinte ruedas de prensa hoy para exponer los desastres de Rajoy en su primer año de mandato... en el fondo los socialistas son unos derrochadores... con una es suficiente chavales...
Sigo mirando al cielo y nada... ni pedrisco... vaya mierda los Mayas...


* Er chavó de la cová, er que sale arrejuntao con toa lá jarca médica, no paga muletas.

jueves, 20 de diciembre de 2012

Mañana se acaba el Mundo y yo con estos pelos...





El otro día vi un cartel que rezaba algo parecido a esto : “ No tengo miedo a que el mundo se acabe en 2012, tengo pánico a que siga igual en 2013” (más o menos).
Legiones de anormales (con y sin estudios universitarios), marujas y landistas, norteamericanos amantes de las armas o ibéricos amigos de las albaceteñas, del norte, del sur, hipotecados y desahuciados, gilipollas y doctores cum laude... todos esperan en lo más profundo de sus corazones y con el culito algo apretado que pase el 21 de diciembre... El fin del mundo...

Lo triste es que el fin del mundo ya empezó hace unos cinco años, en verano del 2007 y nosotros sin enterarnos... En menos de cinco años, el mundo como lo habíamos conocido ha desaparecido. La escuela pública ya es sólo un refugio para los hijos “del populacho”, la sanidad... el otro día estuve presente como la jefa de enfermería solicitaba gasas y esparatrapo para urgencias ( eso sin contar que la mayoría de las cosas enviaban al familiar del enfermo a la farmacia para comprarlo... tremendo). Las pensiones... hasta los 70 nos dicen ahora nuestros amigos europeos, y lo irónico es que si te quedas sin trabajo con 40 ya no vuelves a trabajar en tu vida en España... 1/3 de los niños españoles pasan hambre... Si Hambre. Caminaba hace justamente dos años, diciembre de 2010 por Madrid con Martín, y al dar la vuelta a una esquina observé, sin dejar de seguir la conversación de este, una cola inmensa de personas que portaban carritos de compra y con un factor en común : La mayoría miraban al suelo. De eso han pasado dos largos e interminables años para todos y cada uno de aquella cola más lo que se les han ido agregando. Los políticos ríen, miran a otro lado y envían a la policía a machacar a la gente... La democracia... de eso ya ni hablo...


Así, mientras nos preparamos para el “fin de los tiempos” me peinaré con la raya al lado como un inocente párvulo y me fumaré un habano como mi ídolo Rajoy e intentaré descubrir quién ganará la liga este año... si no se acaba antes el mundo... claro...

lunes, 26 de noviembre de 2012

LOS FALSOS MITOS (Última parte)



"No es mi obligación entregar a los demás lo objetivamente mejor, sino lo mío, tan pura y sinceramente como sea posible"
Hermann Hesse. Cartas. 

Así unos y otros vamos acumulando unos reflejos propios que vamos estandarizando y convirtiendo en nuestra carta de presentación allá dónde vamos. Algo por lo que se nos reconoce de manera rápida. Algo que hemos ido extrayendo de nuestras vivencias y haciendo por lo tanto nuestro. Algo que remodelamos, algo que adaptamos a nosotros. Algo que tallamos como quién talla un trozo de madera. Algo que vamos acaparando y archivando a diversos niveles. Porqué en realidad no somos uno sino varios los que somos. Modificará en gran media quiénes estamos siendo factores tales como dónde o con quién estamos siendo.  No seremos la misma persona sentados en un bar y viendo un partido del Athletik, que hablando pausadamente y con ilusión con la mujer con la que hemos hecho el amor hace un rato. Yo al menos, siento que lo uno puede ser como un simple chinato en un zapato y lo otro como la cordillera de los Alpes que me retase a cruzarla.

         Para uno y otro momento tenemos innumerables opciones de ser. Y serán varios los mitos que surgirán de nosotros, varios los rastros de camino que dejemos  a los que vengan detrás de nosotros por los mismo derroteros. Ahora bien, y este sí es quizás por fin, el motivo más importante, el tema principal de esta reflexión. Tenemos que ser en todo momento, sin importar la profundidad o trascendencia de dicho momento, lo más sinceros posible con nosotros mismos. Escribía en un párrafo anterior que cualquier tipo de vida, con sus opciones propias, es siempre válida. Pero en realidad no, esto no es del todo cierto. Aunque no haya una proporción muy definida para esto, una vida será más o menos acertada en la medida en la que somos sinceros y vamos “sorteando” con sinceridad las situaciones que nos vayan surgiendo a lo largo de la vida. Y la sinceridad se mide a su vez en el grado de integridad que hemos logrado entre el nivel de lo que creemos que es la solución para un determinada “piedra o caramelo” y el nivel que hemos aportado de nosotros mismos para “vivir” dicha “piedra o caramelo”.

         Una vez dado nuestro primer beso o una vez sufrida la muerte de un familiar nuestro, hablaremos de ello, unos más que otros, algunos buscarán consuelo en los amigos cercanos, otros buscarán algo de comprensión en los aparentes expertos en la materia. Algunos leerán libros, otros escribirán poemas o pintarán cuadros, algunos de esos poemas o cuadros se harán muy famosos y llegarán a ser obras de arte, (no ya camino sino verdaderas autopistas para seguir), muchos simplemente permanecerán en silencio. Pero todos, al fin y al cabo, estarán creando sus propios mitos. Nadie comprenderá enteramente qué es lo que le ha ocurrido, en que modo le ha afectado y qué nuevas personas son después de vivido ese momento. Pero que es sino el mito la respuesta a algo que no se comprende. Ahora bien, el mito debe asentarse en una relativa certeza y sobre todo en la sinceridad y la honradez. Actuar en la medida de lo posible lo más cercanos a lo que creemos que es ser sincero, y expresar las conclusiones del modo que igualmente creamos más honesto. El añadirle más o menos filigranas, el querer adornar nuestros mitos, es algo aleatorio y prescindible. Una mera cuestión estética y de modas. Además la belleza extra puede resultar redundante, porque un mito, una expresión nuestra que surja de una necesidad o inquietud sincera, usando unas palabras sinceras será siempre hermoso. Resultará siempre constructivo. Así que, cuando estemos ante una persona, y seamos conscientes de que está persona se está dirigiendo a nosotros de una manera franca y honesta, prestémosle nuestra máxima atención, porque en esos momentos estamos ante algo muy parecido a una obra de arte. Del mismo modo, en cada momento que estemos siendo nosotros mismos, en cada momento que estemos proyectando algo de nosotros, intentemos ser lo más sinceros posible, para hacer así de nosotros mismos algo parecido a otra obra de arte. Aunque la infalibilidad no está en nuestra mano, debemos intentar al menos, dejar un “rastro” lo más claro y consecuente. Y siempre, siempre, desechemos los grandes mitos, los falsos mitos de las grandes naciones y las grandes religiones, que no nacen de una duda o una sorpresa primordial.  Centrémonos en las historias, las dudas, los milagros, los mitos mundanos que día a día nos asaltan y son las verdaderas piedras y caramelos de nuestros caminos: nuestra vida al fin y al cabo.


“las religiones y los mitos son, al igual que la poesía, un intento de la Humanidad de expresar, por medio de imágenes, precisamente esa indecibilidad que vosotros tratáis inútilmente de traducir a llanas expresiones racionales”
                                                                                                                            Hermann Hesse, Cartas.

LOS FALSOS MITOS (2ª parte)


              Yo no pretendo en este “cuento” ofrecer ninguna solución, ya lo he dicho: la vida es insondable  y cualquiera de los caminos que elijamos para transitarla podrá ser o no, igual de acertado. Yo sigo en estos momentos mi camino propio, ante la “piedra” de un domingo que amenazaba ser muy aburrido, he optado por la opción de rellenar el tedio escribiendo esto (que está resultando a su vez algo tedioso). Esto que escribo es así la expresión de mi “mito particular”. Lo que sí voy a intentar reflejar es qué surge cada vez que damos un nuevo giro, cada vez que bordeamos algún obstáculo, cada vez que ese nuevo requiebro en la vida nos hacer ser un poco más la persona que somos. Puede que una intención de este cuento, sea el dar algo así como una definición prosaica de lo que es el arte: la necesidad de expresar de un modo más o menos artístico, el vértigo que hemos sentido al dar un nuevo giro en nuestras vidas. Del mismo modo que las naciones fundan ciudades, las religiones dan forma a su fe con mezquitas, sinagogas, catedrales o simples monolitos de piedra y  los llamados artistas pintan cuadros o escriben epopeyas, las personas más sencillas, aparentemente las menos creativas, hablan en el bar, en la tienda, van a casa del vecino y vuelcan de un modo más artesanal las pequeñas sorpresas que les va ofreciendo el día a día. Aparentemente este grupo mayoritario de personas pasan por la vida sin encontrar “piedras” en su camino y siguiendo un camino ya definido. Pero todos, sin quererlo, le vamos dando una forma a nuestra vida, a nuestra historia, nos vamos labrando un recuerdo: todo aquello que se encalla de un modo más fuerte en nosotros se va transformando en nuestros mitos. Quizás no los labramos en piedra, quizás no los plasmamos en papel y seguramente no sobrevivan mucho tiempo a nuestra memoria. Pero unos y otros nos aferramos a ellos con desesperación, pues son estos, esos mitos, el reflejo más próximo de lo que somos, de lo que ya hemos sido y de lo que estamos siendo. ¿A quién no le han dicho alguna vez, “para, no me hables de eso que ya me lo has contado”? ¿Quién no se ha sorprendido alguna vez recordando de manera espontánea algún amor del pasado?¿Quién no acumula de una manera aleatoria, canciones, libros, historias, rincones de ciudad, bancos de parque, personas que ha amado, equipos de fútbol o miradas o gestos profundos, que considera como favoritos y con los que se siente muy identificado? Nos encanta hablar sobre estos, son temas con los que nos sentimos muy cómodos, es más, casi nos consideramos expertos. Es normal, es nuestra propia vida, estamos hablando de nosotros mismos. A mí personalmente, me encantan los Conciertos de Brandenburgo, adoro a Franz Kafka, (incluso en mi adolescencia quería ser cómo él, lo mismo que otros querían ser bomberos, futbolistas o el de en medio de los Chichos), me encanta pasear por Granada y sentarme en los bancos solitarios de cualquier pueblo, veo algún que otro partido del Athletik y me emborracho cuando gana algún título (en realidad nunca, que yo recuerde, me he emborracho por este motivo, aunque ha sido fácil encontrar otros), ah, y cuando me pongo meditabundo me suelo rascar con el meñique el colmillo superior izquierdo (de hecho lo acabo de hacer ahora mismo). Estos son, a modo de ejemplo, mis mitos o mis leyendas personales. No son catedrales, ni monumentos al soldado desconocido y por supuesto, nunca acudirán miles de turistas a visitarme, a verme rascándome un diente o vomitando en una esquina con una bufanda rojiblanca anudada al cuello… Aunque quién sabe, si llego a ser famoso y me montan en algún pueblo una casa-museo… 

(Fin de la segunda parte.)

LOS FALSOS MITOS (1ª parte)



"El mito es la parte oculta de cada historia, la parte sepultada,
la región que todavía está sin explorar porque todavía no hay palabras
que nos permitan llegar allí...El mito se alimenta del silencio
 tanto como de las palabras"

Italo Calvino (Italia/Cuba, 1923-1985)

         Las personas, como los países, tenemos nuestros propios mitos, nuestras leyendas, nuestras genuinas historias personales. Del mismo modo que se labra la historia de las naciones, a una escala mucho más reducida pero igual de intensa, se forja nuestro carácter. A unos y otros nos van surgiendo los obstáculos que deberemos ir superando de una u otra forma. Viviremos durante nuestra vida multitud de enfrentamientos, que darán pie a victorias, derrotas o resultados incomprensibles.  Surgirán alianzas con otros países, surgirán nuevos encuentros con alianzas ajenas, que darán igualmente pie a otras victorias, derrotas o sorpresas compartidas. Será el modo de superar estas “dificultades”, el camino que hemos escogido para bordearlo y el sitio al que nos encontramos tras esa lucha, lo que va haciendo de nosotros las personas que estamos siendo. El río no elige ser río, no elige siquiera ni el lugar ni el momento de salir a la superficie, simplemente brota y comienza a fluir pendiente abajo. En su camino surgen piedras, vados, senderos, montañas enteras, que deberá bordear para seguir su curso, para seguir siendo río. Hasta el obstáculo más pequeño puede alterar el curso de un arroyo incipiente.  Lo mismo ocurre con nosotros, o al menos algo parecido. Porque nosotros, poco a poco vamos tomando conciencia de las personas que estamos siendo, de los enigmas que acarrea la existencia y de las conclusiones que hemos esta nos aporta. Algunos de esos “enigmas” lo hemos solventado por pura inercia, (“intuición” la llaman algunos), para otros misterios hemos recurrido a respuestas ya dadas optando por la opción más razonable, (“aprendizaje”), la más sencilla y la más lógica. También habrá ocasiones que recurriremos a soluciones ya aprendidas de situaciones similares, (“experiencia”). Pero habrá incluso algunas personas que inventarán nuevas respuestas, crearán nuevos caminos de manera casi milagrosa. Para algunos serán visionarios y genios, para otros simplemente inconscientes y locos: en esto nunca nos pondremos de acuerdo.  El caso es que las piedras en el camino se irán acumulando y las opciones para sortearles serán muy pronto ilimitadas, mostrándose así la existencia como algo infinito: inescrutable, pero adictivo a ratos, a ratos también angustioso. El solventar con éxito unas u otras piedras te llevará inevitablemente a nuevas piedras. Cuando me refiero a “piedras”, no lo hago en un sentido estrictamente negativo. He elegido la palabra piedra por puro azar, por cierta afinidad a esa palabra, quizás por la sólida connotación que conlleva, aunque podía haber elegido, por ejemplo, la palabra “caramelo”, para intentar explicar lo mismo. Y el verbo “solventar” o “superar” quizás tampoco sea el que debería usar en este razonamiento. Se me ocurre que quizás, el más apropiado para lo que quiero decir sea simple y llanamente un verbo como “vivir”. Uno supera con más o menos éxito la muerte de un familiar, pero no creo que sea correcto decir supera su primer beso. Ambas son experiencias que todos “viviremos” y que nos harán tomar determinadas aptitudes y caminos en la vida, pero está claro que una circunstancia será una “piedra” en el camino, y lo otro un “caramelo”. (Perdón por esta aclaración, pero lamentablemente yo no sé alemán, idioma muy poco dado a las ambigüedades y que se supone es el idioma ideal para los juegos filosóficos. Es muy aparente para eso y para sacarles los cuartos a los griegos, ¡qué ironía!, creadores a su vez de la filosofía).

miércoles, 7 de noviembre de 2012

ESTO NO ES UN CUENTO...



Arte

Cuando el
Espíritu
Se desvanece
Aparece
La
Forma.

(Bukowski)


No, esto no es un cuento, tampoco una excusa, ni siquiera llega a meditación. Tampoco pretende ser una justificación de porqué no hay cuentos en este blog durante tanto tiempo. Es quizás un pequeño intento de rellenar ese vacío, hablando de ese mismo vacío, intentando encontrar una justificación a ese vacío, simplemente para que quién pase por aquí, vea algo, aunque sólo sea este amago de desvarío. Quizás sea simplemente, escribir por escribir. Estamos vivos, sí, aunque algo perdidos.

Algunas veces he comentado con Javi y con Cris, con quiénes comparto la mayoría de los cuentos de este blog, lo sorprendente que resulta el sencillo gesto de escribir. Cómo de manera casi milagrosa han ido surgiendo los cuentos en los duelos que nos hemos ido proponiendo. Es agradable también, el sentir cómo pasan los días y mientras paseo por la calle, o estoy trabajando, o a punto de que me venza el sueño, una parte de mi cerebro se desprende de los pensamientos rutinarios y se afana en encontrar una historia. ¿Escribir un cuento sobre una silla, sobre un ventilador, sobre la fotografía de una mujer desnuda? ¿Cómo la haré, qué se puede contar teniendo como base una primera premisa? Es sobretodo muy agradable sentir el cosquilleo del esfuerzo en mi cabeza, como las ideas van girando, arremolinándose unas con otras hasta tomar una forma definitiva. Puede que no sea una forma perfecta, pero eso es para mí, y creo que también para el resto de mis compañeros, el sentirse vivo.

¿Qué ocurre ahora,  cuándo de repente esas ideas han dejado de bullir? Pasan los días y no se logra dar forma a nada. Este estado de impotencia creativa tampoco significa la muerte. Puede que algo próximo y a la vez muy lejano. En fin, es un vaivén muy incómodo, angustioso, que cada uno intenta solucionar a su modo. Todos pretendemos estar vivos, pero estar vivos supone mucho esfuerzo. De hecho, es bueno apearse a veces de la vida misma, darse un respiro, emborracharse, hacer algo subversivo, no quemar un cajero (aunque sería una manera acertada de hacer un paréntesis), simplemente hacer algo a lo que no se esté acostumbrado… Pero también ocurre que a veces cuesta volver a reengancharse a la vida misma. Y llegan las prisas y uno se da cuenta de que no disfruta igual de las buenas canciones que tanto te gustan, ni se engancha a las buenas novelas con la facilidad de antaño y también, el corazón parece que se ha vuelto de piedra ante cualquier buen verso. En nuestro caso, en mi caso, ¡joder!, lo que cuesta poder volver a escribir algo. Lo que cuesta volver a sentir el run run de los pensamientos, de las ideas latiendo en mi cabeza. Entonces, mi táctica para abandonar estos barbechos creativos es sencilla: consiste en dar palos de ciegos. Y esto es al fin y al cabo lo que son estas palabras, palos de ciego. Ante la rabia por no encontrar la imagen, la palabra, el verso que haga saltar algún resorte dentro de mi cerebro, me lanzo al pequeño infinito de un folio en blanco, le robo palabras a mi diario, y las descargo a ciegas en este blog. Después, como niño en una playa, juguetearé con ellas, las amasaré con mis dedos, haré castillos de palabras de arena, los destruiré a patadas y volveré a labrar esas ruinas con mis manos en busca de algún milagro.

En fin, os muestro mi vacío y mi manera de pelear contra él. No es gran cosa. Y le dedico esta “paja mental”, como la definiría mi amigo Lolo, a todas aquellas personas que tanto me ayudan en estos momentos, a los que con tanta fuerza suelo aferrarme en busca de un trampolín.  ¡Tened paciencia, os pido! Porque crear a través y gracias a vosotros, es la mejor de mis maneras de sentirme vivo. Porque una persona, y no las imágenes, las palabras y los versos, es el mejor de los motivos con los que llenar un vacío. Acabo ya, cumpliendo la ancestral regla de este blog: no superar el folio en todo aquello que se escriba, en Times New Roman, 12, aunque haya tardado dos meses en escribir esto...

viernes, 26 de octubre de 2012

EN BUSCA DE LAS PALABRAS PERDIDAS


En un rincón perdido de Albacete
Bufff, lo que cuesta a veces ponerse a escribir. Yo, como otros muchos españoles, he sido despedido del trabajo y viendo que las opciones de reengancharme a algo interesante en la ciudad en la que vivía eran mínimas, he hecho lo que otro gran puñado de españoles ha hecho en circunstancias parecidas: volver a la casita de mis padres. Allí he sido muy bien acogido, todo hay que decirlo, pero entre caóticas mudanzas y volver a adaptarse al cuarto de mis adolescencia, pues que se ve que la inspiración me la he dejado en alguna de las cajas, bolsas o maletas que aún no he abierto, porque no sé muy bien dónde meter tanto trasto. Poco a poco me voy apretando como puedo, y en breve, por supuesto, prometo ponerme a garabatear algún que otro folio en blanco... Si alguien se ha pasado por aquí últimamente y ve que lleva algo tiempo abandonado, que no se engañe ni se preocupe...¡No estamos muertos! ¿Verdad Javi, Goran y demás colaboradores?  Un par de encuentros en alguna tasca de mala muerte allá por el sur de España o el centro de Sarajevo, unas cuantas copas de vino, otro puñado de rasgeos de guitarra, de golpeteo de botellas y volveremos a estar como nuevos. ¡Lo prometemos! Mientras tanto, dejo como señuelo para que acudan las palabras, unas fotos. Las últimas que he hecho, en uno de mis últimos paseos por la región que me ha acogido durante estos últimos cinco años. Me voy de allí y todavía no sé muy bien que parte en Mancha, cuál Manchuela y vete tú a saber, cuál es Alcarria. El caso es que son parajes preciosos a los que les debo más de un cuento o poema. No sé tampoco si hacer fotos es más fácil que escribir, al menos creo que es más rápido... En estas semanas de vaivén y zozobra laboral, y cierto encogimiento de estómago ante la nueva etapa que se abre ante mí, se me ha agarratoda la muñeca que sostenía el bolígrafo, aunque el dedo que aprieta el obturador aun parece que funciona. Estas son las fotos... a ver si surge algún cuento de ellas, al menos unas palabras. Goran, Javi, Cristina, y cuánta gente pase por ahí, os vuelvo a animar a escribir sobre estas imágenes o sobre cualquier otras que se os ocurran.

 ¡SALUD Y LARGA VIDA A LA CULTURA!

sábado, 20 de octubre de 2012





Misery bear... Misery bear... jamás un osito de peluche reflejó tan bien la miseria humana... Misery bear... jack daniels y cigarrillos para aplacar la desolación de un corazón solitario... Dustin O' Halloran toca al piano Variazione Di Un Tango y tu corazón vuela a otras tierras... a otros tiempos... con la última nota vuelves a esa miserable realidad de contenedores y hambre, de politicos sonrientes y ciudadanos narcotizados por la droga más fuerte...  El Miedo... No Future... No Way... pero todo ha sido un sueño... las calles vuelven a estar llenas de gente paseando, sonriendo, hablando plácidamente... unos niños juegan en el cesped y al fondo algunos ciclistas saludan con la mano... es primavera... el sol nos acaricia y las rosas perfuman una brisa que mecen los árboles a ritmo de nana... sueña...sueña... y no despiertes jamás... misery bear... misery bear...



lunes, 20 de agosto de 2012

HISTORIA DE UN CUADRO.


    
             Eugène contemplaba parapetado detrás de su lienzo la escena que se estaba desarrollando al principio de la calle. A la vez, con un trozo de carboncillo, ejecutando  rápidos trazos intentaba plasmar todo lo que estaba ocurriendo. Estudiaba a una multitud que se iba congregando en torno a una mujer semidesnuda que les arengaba, memorizaba los diversos escorzos que iban ejecutando los cuerpos de los presentes conforme se iban apretando unos contra otros, intentaba atrapar los fluctuantes brillos que se iban desprendiendo de sus rostros mientras se empapaban de un discurso encendido. Cientos de personas iban circunvalando a esa mujer que, subida en lo alto de un parapeto, gritaba a unos y otros, y les incitaba ondeando sus pechos, a que tomasen las armas y la siguieran. Pero había cierta tensión en el ambiente, cierto miedo latente que pesaba sobre la muchedumbre e impedía que ésta se decidiese a pasar a la acción. La mujer parecía cada vez más desesperada, sus gritos eran cada vez más quebrados. “Había llegado el momento” les increpaba “era la hora de tomar las armas y luchar contra todo aquello que les oprimía”. “No había tiempo que perder”La solución a todos sus males se encontraba allí mismo”. Y curiosamente, mientras decía esto, señalaba hacía el mismo lugar en el que estaba apostado el afanado pintor. Eugène, desconcertado, miró hacía atrás, pero no descubrió el punto hacía el que la mujer señalaba y volvió a inclinarse sobre el lienzo para seguir dibujando. Él tampoco tenía mucho tiempo que perder. Así hasta que la mujer, en un último gesto exasperado se agachó y de sus pies, de entre los cuerpos inertes y los cascotes que formaban la barricada, recogió una bandera tricolor y un fusil. Saltó por fin hacia delante y ondeando el trozo de tela con furia empezó a correr calle arriba. Ese gesto fortuito, esa carrera precipitada, pareció ser la señal definitiva que encendió a la multitud. Todos a una, empezaron a correr en pos de la mujer, enarbolando igualmente guadañas, espadas, mosquetones y cualquier otra cosa que tuviesen en sus manos. El griterío era ensordecedor, la rabia por fin parecía haberse desbordado, y el mundo entero se transformó en una ola que se elevaba detrás de la mujer de los pechos al viento. Cuando la mujer se detuvo en la esquina al final de la calle, Eugène, que minutos antes había estado tomando notas y pintando, ya no se encontraba allí. La mujer estaba exhausta por su carrera y pensaba que su labor ya estaba concluida, que el pueblo una vez envalentonado y puesto en movimiento, ya sabría qué camino seguir. Sin embargo no fue así. Cuando las primeras personas llegaron a la altura donde la mujer se había detenido, ellos también frenaron su carrera. Rodearon a la mujer, que estaba encorvada intentando recuperar el aire,  y no sabiendo hacía donde dirigir ahora sus gritos y sus aspavientos, comenzaron a golpearla con las armas que momentos antes agitaban amenazantes. La mujer, sorprendida y superada por la masa, apenas opuso resistencia. A los pocos golpes se derrumbaba sobre los adoquines, su cuerpo cubierto de cortes y contusiones, su mirada, abatida. El linchamiento duró apenas un par de minutos.  Pronto, los presentes, ya sin ningún objetivo, hueros de ira, emprendieron el regreso calle abajo, sortearon la barricada y se fueron escabullendo bajo los oscuros portales de sus casas. 

Mientras tanto, Eugène, hacía tiempo que estaba ya en su estudio, dando los primeros brochazos de color al que sin duda sería su mejor cuadro, la obra maestra por la que el mundo entero recordaría el día en que se empezó a cambiar la historia. En París, en el año 1830. 

 (La Liberté guidant le peuple)

miércoles, 18 de julio de 2012

MALDITAS LLAVES (Capítulo final) Un drama real, diario y mortal para los gatos.

Así que me acomodo en la primera terraza que veo, ya no me avergüenzan la camiseta llena de lamparones, los pantalones roídos, mi pelo despeinado, mi cara de sueño y mi pan bajo el brazo. Tengo dinero en el bolsillo, y puedo comprarme lo que quisiera. Café con leche y una tostada de tomate para celebrar el Ulises de pacotilla en que el destino me ha visto obligado a transformarme esta mañana, capaz de superar cualquier situación adversa que me saliese al paso.

Apurado mi desayuno, y leídos todos los periódicos del bar, económicos, deportivos y hasta los del cotilleo, cae sobre mí como una losa la hora que marca el reloj de mahon que hay justo al lado de la máquina tragaperras. ¡Las doce y cuarto! Joder, porqué me habré levantado tan temprano esta mañana… Sólo han pasado dos horas y media desde que he descubierto que había salido sin llaves. Estoy tentado de volver a sentarme y pedir otro café con leche y otra tostada, pero en ese bar ya no tengo nada que hacer, así que mejor voy a seguir dando tumbos por el barrio, aunque ahora con el capital económico bastante más menguado, pero el estómago lleno: 2, 02 euros. Creo que lo guardaré para una última cervecita después de otro largo paseo para hacer tiempo. Hacer tiempo, curiosa expresión. Y es casi cierta, pues cada hora que pasa parece estar hecha con miles de ladrillos que voy colocando uno a uno.

Vuelvo entonces a caminar erráticamente por las calles. Es curioso comprobar como mi atención se aferra a con tanta ansia a cualquier cosas con tal de distraerme. Me demoro minutos que me parecen horas mirando cualquier escaparate, espero pacientemente a la orilla de los pasos de cebra, me fijo minuciosamente en los rostros de las personas que pasan a mi lado, vuelvo a demorarme en los escaparates, los kioskos de prensa resultan todo un oasis, puedo entretenerme leyendo y releyendo las cabeceras de la prensa y las portadas de las revistas, hasta que el dueño de turno empieza a mirarme con aire osco y me lanza indirectas del tipo “¿Alguien va a comprar algo” o “Si quieres leer gratis, vete a una biblioteca”. No en una biblioteca, que siempre me han dado un poco de grima esos sitios con tanto viejo leyendo periódicos y tanto chiquillo voceando entre las estanterías, pero si acabo metiéndome en una librería de segunda mano donde puedo pasar más tiempo ojeando libros sin despertar demasiados recelos. Es más, incluso puede que sacrifique los dos euros para la cervecilla y acabe comprando

Pero nada, en la librería, me percato inmediatamente de que no hay mucho en lo que entretenerme. Además, sacando algunos libros a voleo, con bonitas encuadernaciones y muy bien apiladitos, compruebo que el precio de todos ellos es más que prohibitivo para el par de monedas que no dejo de manosear nervioso en mi bolsillo. Aún así, antes de abandonar el local, me acerco a una caja algo apartada en la que hay una buena montonera de volúmenes y extraigo uno de ellos al azar. “Técnicas de primeros auxilios para gatos”. Ja, ja, ¡obra maestra! Lo primero que pienso es que "¿qué técnicas podrían necesitar esos bichos del diablo?" Y lo segundo "¿quién llevaba una vida tan aburrida como para escribir un manual sobre primeros auxilios gatunos?" En fin, lo volteo entre mis manos y ¡coño!, sólo cuesta dos euros…Pues mira, con lo aburrido que estoy, me servirá para reírme un rato. El dependiente me mira con cierta sorna al cobrarme el ejemplar, seguro que piensa que tengo más pinta de comerme los gatos que de cuidarlos cual Francisco de Asís… En fin, abandono la tienda más ancho que pancho, enarbolando mi flamante adquisición y cuando veo un banco vacío, con sombrita y relativamente cerca del sitio dónde me reuniré con mi casero, me siento y me dispongo a disfrutar de un apacible rato de lectura…

Quiénes me vean en este momentos encorvado de ese modo sobre el libro, tan atento, seguro que se imaginarán que estoy leyendo algo así como la mejor novela de todos los tiempos, o algún raro manuscrito del que sólo yo tengo una copia. El caso es que tan amena lectura me engancha de un modo que no creía posible. Además viene con unos gráficos muy interesantes, con felinos ejecutando los escorzos más increíbles y señoras vestidas de blanco otorgándoles atenciones dignas de los guerreros vikingos en el warhala. Pero sobretodo, ¡que carajo!, estoy tremendamente aburrido. En estos momentos me leería con la misma atención un folleto del Mercadona o un prospecto de crema para las almorranas. Y así, en mi siguiente par de horas aprendo a entablillar patas tras caídas de árbol, a identificar las distintas causas de envenenamiento, ya por una clematide, un eléboro negro o fíjate tú, por muérdago, (si es que estos bichos se comen cualquier cosa sin pan y sin preguntar), también a extraer cuanta pelusa ingieran, a curar la manía de correr detrás de las pelotas de lana, a tratar escaldaduras, incluso a realizar el boca a morro, en caso de paro respiratorio del bicho en cuestión… A punto estoy de empezar a leer el fascinante episodio dedicado a hipotermias y enfriamientos cuando escucho una voz que me grita “¿Eh, Julián, qué haces ahí?”. Y es Manuel, mi casero, que me llama desde la otra punta de la calle. Y antes de darme las llaves me suelta un “Vaya pinta que me traes. Buena juerga te pegaste anoche” Y añade, “Espero que no fuese en el piso, sin avisarme a mí, gambitero”.

“Joder Manuel, las cuatro y cuarto. Me iba a volver loco esperando… Mira lo que estaba leyendo para pasar el rato. Y mira con que pinta. A pique de que me metan en la cárcel por vagabundeo”. “Si es que mira que te he dicho que dejes una copia de las llaves a la vecina, que es buena gente y siempre está en el piso” Malditas llaves, pienso, vaya mañanita me han hecho pasar “Ya ya, pero como llevo poco tiempo, siempre se me olvida. Pero cuando llegue a casa se las paso a la vecina, y le pido perdón por destrozarle la radiografía”. Por fin nos despedimos y yo salgo disparado para casa. Subo hasta mi piso y abro la puerta con la misma sensación de reconquista que debieron sentir los Reyes Católicos al entrar en Granada. Ya estoy dentro de casa, suspiro, me palpo el bolsillo y pienso “malditas llaves”. Justo en ese momento me llaman por teléfono. “¿Quillo, dónde tasmetío?” “Buff, si yo te contase” “Llevamos un rato en el bar, ¿te vienes o qué?” Y sin pensarlo respondo ”Vale me ducho y bajo en un momento. Qué ganas de una caña fresquita” Y que le den por culo a la vida formal. Por cierto, la barra de pan, todavía la llevo debajo del sobaco.


FIN DE ESTA INCREÍBLE SAGA...

martes, 17 de julio de 2012

MALDITAS LLAVES (2ª parte). Un drama real y diario.

Un subidón de adrenalina agita mi cuerpo cuando tanteo con la radiografía las ranuras del marco de la puerta. Me siento como el Lute, Al Capone, el Dioni y Rodrigo Rato juntos, aunque sólo esté intentando abrir la puerta de mi propio piso. Pienso que llevo una vida demasiado aburrida cuando algo así me hace sentir tan malvado. ¡Yo, ladrón de bancos, señor del crimen!, pero si cuando voy a comprar a la frutería se me cuelan todas las viejas, ¡vaya mangui de mierda que estoy hecho!. De todos modos, la sensación me dura muy poco. Doblo la radiografía, se arruga por unas esquinas, se resquebraja por otras, se me deshace al fin entre mis manos, pero no he conseguido abrir la maldita puerta. Tantos años de educación cristiana han hecho de mí un ser completamente inútil para cualquier tipo de maldad. Desisto cuando la casera me golpea el hombro y me dice que Manuel, mi casero, podrá dejarme otra copia de la llave, pero que no podrá ser hasta las cuatro de la tarde, cuando salga del trabajo. “¡A las cuatro de la tarde! ¿Qué hago en todo ese tiempo? “Resignado, le devuelvo a la vecina la radiografía hecha pedazos, le doy las gracias y vuelvo a bajar a la calle.
 
Tengo unas cinco horas por delante, sin saber muy bien que hacer, luciendo mis ropas de pordiosero, con sólo dos céntimos en el bolsillo y una barra de pan en el sobaco. A la espera de que el ejercicio me inspire alguna idea genial, empiezo a caminar sin rumbo fijo. Después de una media hora de vagar erráticamente, llego hasta la estación de tren, justo en el momento que desde el estómago empiezan a llegarme los primeros amagos de protesta. Algo normal, ya que hace una hora más o menos le había prometido un suculento desayuno y sin embargo me estoy dedicando a callejear y hacer ejercicio “como las personas formales”. En cierto modo, pienso que ya estoy haciendo un poco de deporte antes de desayunar, ¿no?, aunque no era esto lo que había pensado para mi primer día de “cambio radical”. “¿Qué hago?” Puedo acercarme a casa de algún amigo, pero sin móvil, me será imposible contactar con alguien y avisarle de mi improvisada visita. Además, casi prefiero que nadie conocido me vea en este lamentable estado, para evitar así ser la comidilla en las próximas fiestas. Uff, ¡pero es que realmente tengo mucha hambre! Tanto ir y venir me ha abierto el apetito. Hambriento, sin dinero, frente a la estación de ferrocarril la solución casi me viene sola… Asaltaré a la primera persona con la que me cruce y le explicaré mi atípica situación, seguro que se apiadaba de mí y me ayuda con alguna aportación económica. Es una tarea con larga tradición, seguro que cientos de años de acoso al transeúnte y de la búsqueda de su piedad, dan sus frutos, sino, el oficio hubiese desaparecido hace mucho tiempo… Pues nada, frente a una ventana ensayo algún que otro gesto compungido, afortunadamente mis ropas hacen el resto, me armo de valor, me guardo la vergüenza en un bolsillo, le susurro unas palabras de aliento a mi barriga y cuando veo salir al primer viajero con cara de cansancio y despiste por el hall de la estación, le suelto de sopetón toda una retahíla de lamentos, quejas y peticiones. “Miréustedbuenhombrenecesitoalgodedinero
paradesayunarporquehastalascuatronopodrévolveraentraramicasa,blablabla…” Poco le falta al abordado coger la maleta entre sus manos y salir corriendo. Por su cara de repulsa noto casi al instante que no voy a sacar nada de él, si acaso un guantazo, así que le dejo ejecutar su finta y que se largue con viento fresco. Pero no me desanimo, porque no sabré qué decirle a mi estómago sino le consigo comida en media hora, además, no tengo otra cosa que hacer…Dos, tres, cuatro viajeros, un par de transeúntes esperando el bus urbano, y todos reculeando y defendiéndose con el mismo gesto torcido, hasta que ¡bingo!, al séptimo intento, mi pequeña tragedia griega, hábilmente ejecutada, (sólo me falta un coro de plañideras a mis espaldas haciéndose eco de mis desgracias), da resultado y tengo por fin en mi mano mi primera moneda de ¡50 céntimos! Dios mío, nunca esta pequeña moneda dorada luciendo en mi palma me pareció tan hermosa. Ni jamás nómina alguna me pareció tan bien ganada. Este primer éxito me envalentona sobremanera y así, acosa que te acosa, lamenta que te lamenta, de nuevo, por un extraño guiño de la estadística, el séptimo acorralado, vuelve a darme otra monedita, y en esta ocasión es…¡un flamante euro! Ya tengo para un café, que estirándolo al máximo, saboreándolo largamente en cada sorbo, sentadito en una terraza con un periódico, podré hacerme rebañar una buena horita de la espera hasta que llegue el casero. Aunque yo, mente emprendedora y preclara dónde las haya, me pongo enseguida a hacer cabalas. La regla no puede ser más sencilla. Cada siete personas, un premio, y este además, este parece doblarse conforme avanzo en mi acoso. La proyección es matemática, de seguir así, si consigo acorralar a unas treintaycinco personas, podré sacar casi unos diez eurillos. Tras tan rotundo éxito financiero, ya empiezo a plantearme:

- Primero: prescindir del desayuno y pensar seriamente en una gran comida en un restaurante lujoso de la ciudad.

- Segundo: ir mañana al trabajo y decirle al jefe que me iba, pues estaba claro que este nuevo oficio estaba mucho mejor remunerado.

Redoblo entonces mis esfuerzos aunque, de repente, la estadística y mis sueños de potentado, empiezan a irse al garete. Ya no hay tal “proyección aritmética”. Conforme avanzan los minutos, y pese a perfeccionar en cada intento mi pequeña retahíla pedigüeña, de las siguientes personas que asalto, que me parecen miles, apenas les puedo sisar otros tres eurillos. Con todo, aunque estoy agotado de ir de un sablazo a otro, tintinea en mi bolsillo la cuasi astronómica cantidad de 4,52 euros… ¡Voy entonces a por el desayuno! No es una plenitud absoluta, pero casi puedo decir que estoy contento por cómo he conseguido enderezar la jornada.

Continuará...




lunes, 16 de julio de 2012

MALDITAS LLAVES (1ª parte). Un drama real.

Tengo una de esas mañanas en las que me veo con energía suficiente para cambiar de un plumazo todas mis malas rutinas. Esos pequeños gestos de mi día a día que cada vez que se me escapan me hacen rechinar los dientes, y me hacen pensar que nunca me desprenderé de ellos. En fin, necesito sólo un par de pellizcos de monotonía, conseguir encadenar cuatro o cinco días de relativo orden y seguro que la vida empieza a irme otra vez viento en popa. Me bastaría por ejemplo, con ser capaz de retirarme a tiempo en todas estas fiestas en las que “sin querer” me veo me atrapado noche tras noche, y que por la mañana, con la cabeza a punto de estallar y la garganta reseca, me hacen jurar y perjurar cual cuervo de Poe o gallego recogiendo chapapote, “Nunca más”.

Estoy en uno de esos días en los que incluso en calzoncillos y recién levantado no me veo tan mal frente al espejo, metiendo un poco la tripa incluso diría que estoy resultón, así que me creo todos mis buenos propósitos, me voy envalentonado y decido que voy a coger las horas por los cuernos y les voy a sacar el máximo provecho. Nada de dejarme atrapar tan temprano por el agujero negro del sofá y los treinta y seis canales de la tele. El primer sacrificio ya lo he hecho. ¡Madrugar! Son las diez menos cuarto, una hora que dos días antes pensaba que ni siquiera existía. No sé porqué (supongo que por las pastillas de colores de anoche) pero hoy ya estoy despierto y medianamente espabilado, aunque, pese a mi autoestima por las nubes, la pinta que arrastro es lamentable. Lo segundo, antes incluso de desayunar, ¡un buen paseo en bici!, para sudar un poco y desentumecer el cuerpo. Así que me pongo el pantaloncito elástico, me calzo las zapatillas, me cubro entero con guantes, musleras, rodilleras, y muñequeras y me ajusto el casco y mis ray-ban hacendado que lo mismo me valen para la discoteca que para ganar el tour. No es que haga mucho deporte, la verdad, pero en mi casa te puedes encontrar todo tipo de chismes, tales como raquetas, zapatillas o un par de balones de no sé qué… Pero entonces, desde el balcón, me doy cuenta de la mañana tan estupenda que hace. “Quizás sea mejor tomarse antes el desayuno y con el café calentito, media docena de churros y un canutito, planear una ruta y calcular los kilómetros que me puedo meter entre pecho y espalda en esta primera salida, que no es plan de empezar subiendo el mortirolo”. Así que me vuelvo a la cocina, y empiezo a abrir todos los armarios en busca de un poco de café, aunque no encuentro nada, sólo un par de tarros pequeños con perejil y canela en rama, que de poco me pueden servir. En el frigorífico el panorama que descubro es aún más desalentador. Estanterías asoladas que lo único que muestran son churretones de raros colores y extrañas texturas, un par de pimientos arrugados y un limón cubierto de una rara pelusa blanca que empieza a adquirir un tono verde radiactivo. Nada con lo que pueda prepararme no ya un suculento desayuno, sino incluso un desayuno básico. Me desvisto, me vuelvo a poner los pantalones con los que me acosté anoche, (llegué tan cansado de “tomar unas cañas” que no me dio ni tiempo a cambiarme la ropa), y me enfundo la primera camiseta que me encuentro a mano… Salgo a la calle y una vez cerrada la puerta compruebo si llevo las llaves en los bolsillos. Este es uno de mis gestos absurdos de los que me cuesta desprenderme, ¿para qué compruebo si llevo las llaves cuando ya estoy fuera del piso? (soy un tío listo, si señor). Y ocurre lo que tantas y tantas veces he temido que ocurriese cada vez que palpaba mis bolsillos. ¡Ostia puta, no he cogido las llaves! Lo que tintinea entre mis manos son sólo las pocas monedas que me sobraron de la juerga de anoche. Las miro y las sopeso en mi mano. Cincuenta y dos céntimos que no me llegan siquiera para comprar todo eso que tenía planeado pillar para el desayuno. “¿En qué cojones estaría pensando cuándo salí del piso? ¿Qué hago ahora?” Por la inercia que produce la primera llamarada de cabreo, bajo hasta la panadería. Voy por las escaleras repitiendo a modo de mantra hindú “Soy gilipollas, soy gilipollas, soy gilipollas”. Compro una barra de pan. Me sobran aún dos céntimos ¡cojonudo! Pero ¿para qué quiero la barra de pan? Vuelvo al portal y llamo entonces por el telefonillo a la vecina. Surge una voz entre metálica y desconfiada que me pregunta que quién es. Con lo que creo que es mi mejor tono de súplica y algo aturullado, le explico a la vecina mi situación. Subo andando, esperando que el ejercicio me aclare un poco las ideas. Cuando llego de nuevo a la puerta, allí está la vecina mirándome con cara de ¿y ahora que vas a hacer, espabilao? Ensayo un gesto compungido, carraspeo. “Perdona vecina ¿conocía usted a mi casero? Lo digo por si puede llamarle por teléfono y pedirle otra copia de mis llaves”. Yo sé dónde trabaja y se me ocurre que podría acercarme hasta allí para explicarle mi despiste, (pero por supuesto la ley de Murphy comienza a desplegar sus alas y mi casero trabaja en la otra punta de la ciudad). Me imagino atravesando las calles de soportal a soportal, procurando que me vea la menos gente posible, porque parece que mi sensación de ridículo me sale por los poros y es perceptible para todo aquel con el que me cruzo. Pienso que tiene que haber otra solución. Afortunadamente el marido de la vecina sí conoce a mi casero. “Espera que lo llamo para que él llame a Manuel”, mi casero, “y él nos llame a nosotros para que le pidas las llaves”. ¡Perfecto!, aunque eso puede llevar un buen rato. Y entonces tengo la primera idea medio en condiciones desde que empezó la mañana. “Vecina, ¿No tendría por casualidad una radiografía o algo parecido?”. Muchas veces me han comentado que es relativamente sencillo abrir una puerta con un trozo de plástico. Ha llegado la hora de probarlo. Y la vecina, que empieza a parecerme una santa, se escabulle a su piso y sale al momento enarbolando una lámina negra. “Toma, prueba con esto, mientras yo llamo a mi marido”.
 
Continuará...

viernes, 15 de junio de 2012

LA COSHER NOSTRA (última parte)

El humillado

La ceremonia por la compra del inmueble número mil estuvo organizada alrededor de un enorme samovar (vendría a ser como matear en ruso). La técnica consistía en colocarse un terrón de azúcar en la boca y disolverlo con el té hirviendo en un vaso de fino vidrio al rojo vivo.
Parecían graciosas las morisquetas de los Kollas, Quechuas, Guaraníes… pugnando con el brebaje y tratando de no quemarse.
Aproveché para poner la traición de Sara en el reproductor del Capri.
El televisor cobró protagonismo. No bien comenzaron los jadeos, gemidos y alaridos (acompañados por el célebre Adagio de Albinoni), los invitados, en sepulcral silencio, aprovecharon para abandonar los utensilios sobre la mesa.
Sara y el grone parecían llegar al orgasmo con cada una de las treinta y siete posiciones del Kamasutra sin sacarla, en la última, libélula, ambos llegaron al paroxismo.
En tanto, Isaquito pasaba por treinta y siete tonos del blanco teta al rojo ajíputaparió. El cambio se produjo cuando el negro salió de su mujer. Jamás en mi vida había presenciado semejante transformación. Isaquito volvió del ajíputaparió al blanco cadáver con su autoestima aniquilada, se limitó a un gesto de reproche y sólo hizo una pregunta –¿Y por qué con un schwarser ?
Al unísono los invitados dieron rienda suelta a una violencia largo tiempo contenida. Supongo que por envidia y resentimiento se ensañaron con todo lo que encontraron a mano y saquearon los locales. Se conoció como “La Noche de los DVD Truchos”.

Sara aprovechó el caos para pedir el divorcio. Isaquito se lo concedió con la condición que continúe cobrando los alquileres.
Caí en cuenta de lo que hacía Sara de noche.
La mujer, envalentonada por las circunstancias, pidió la partición de bienes. Isaquito, en medio de la rapiña, la molió a patadas.

Conclusión

Sara no insistió más con su libertad. En silla de ruedas y algo sorda atiende ahora el montepío. Feliz por no tener que ir a tribunales.
El hijo mayor resultó ser Martillero Público Nacional. Habría sido mejor que quebrara piernas, inclusive a la altura de las rodillas.
Isaquito recontra juró que no volverá a exponerse de esa manera.
Y yo… yo tuve otro “Caso Resuelto”. Felizmente cerrado.

FIN DEL CASO
"LA COSHER NOSTRA"

Julio Cesar Toto Flatuletti
“Detective Privado Free Lance”
Blog: http://flatuletti-detectiveprivado.blogspot.com.ar






miércoles, 23 de mayo de 2012

LA COSHER NOSTRA (4ª parte) Un caso de Tutto Flatuleti.

El seguimiento
Con todos esos datos estrujando mi cerebro me serví un vasito de chicha, prendí un porro y acabé con la botella justo cuando se cortó la luz. Lo tomé como una señal.
Bajé a la galería por la escalera guiándome sólo con el tuco del porro que estaba fumando.
Era bien entrada la noche. Oí de pronto un leve quejido. No expresaba sólo dolor, brotó del fondo de las entrañas.
La chicha evitó otro infarto, también me dio valor para perseguir el ruido emanado de las oscuridades del alma: Sara, en actitud furtiva, iba materializándose con las luces artificiales de la ciudad.
Pensé que el encargo de Isaquito se resolvería en ese momento.
Activé la filmadora e inicié la persecución sospechando un vía crucis de la más pura lascivia criminal, me equivocaba a medias.
Caminamos hasta el hotel que alberga travas en la calle Tablada, la mayoría estaba en la calle ofreciendo sus atributos; nos detuvimos unos minutos en la primera parada. Cruzamos al prostíbulo que está al frente y continuamos toda la noche en una especie de rally en los alrededores del Mercado Norte.
Algunos comercios del centro, y de la calle San Martín en particular, están separados por puertas, puertitas, pasillos o pasajes… Para la gente vulgar pasan desapercibidos pero dan acceso a pensiones o prostíbulos, o depósitos clandestinos, o talleres truchos o aguantaderos… Están en el corazón de la manzana, o en la planta alta, o en los fondos de los locales…
Persiguiendo a Sara los recorrimos todos. También recalamos en telos que funcionan por minutos, tugurios y fondas atendidos por peruanas, o bolitas o paraguas. Indocumentados pero nunca juntos.
Como efecto colateral una culada de trabajadores de la construcción del mismo y sombrío palo eran atraídos, cuando caía la noche, como moscas a la letrina. Se fusionaban con la oscuridad dando a la zona una actividad comercial igual o mayor que la de los negocios de la alimentación en horario diurno.
La primitiva violencia de estos inmigrantes truchos hizo que me congratulara por haber bajado con Glock, con suerte podría desvirgarla.
El noctámbulo seguimiento duró más de una semana.
En un descuido perdí a Sara en la zona de los boliches que están sobre el Bulevar Mitre casi General Paz. Era el horario de cierre y los pendejos salían a tropel, dados vuelta y armando un quilombo de órdago.
Vecino a esos boliches hay un telo por minutos que complementa la noche aunque por lo general los chicos prefieren la costanera del Suquía.
Me metí en el hotel. Sara estaba hablando con la encargada o la dueña.
Me desconcentró un precioso trava que me dio bola. Volví a perderla. Al volver detecté que una puerta, antes abierta, ahora estaba cerraba. Entré subrepticiamente a la habitación, un lóbrego senegalés importado junto al París Dakar se volteaba a Sara. Si Isaquito fuera inteligente comprendería que una cuota de culpa no le cae nada mal a la pareja, al contrario.
Filmé la acción hasta acabar enredado en las sombras.
Ya en la cueva me lavé las manos, subí el video a la PC, lo pasé a un disco y bajé para llevárselo a Isaquito sin tener en cuenta que aún no había amanecido.
Sara pasó a mi lado rápidamente, la reconocí por su perfume. Ahí fui, otra vez tras ella.
Se detuvo en Oncativo y Maipú. Entró sin golpear a una sinagoga aparentemente desactivada. Un trava en tanga, de un metro noventa y pico, armonioso por donde se lo mire, parecía custodiar el edificio.
Esperé a la mujer de Isaquito. Para asesinar el tiempo entré en conversa con el trabuco, no eran baratos sus servicios. Pasé casi toda la noche en vela esperando que Sara saliera, tomando nota de la patente de los lujosos vehículos que vení­an por sus servicios. El travesaño la levantaba con pala.
A la tarde siguiente bajé a la galería con las pruebas de la infamia en un DVD y con el temor de que el “Caso Resuelto” me llevara a circunstancias incontrolables. Los chivos expiatorios de la humanidad habían aprendido a descargar sus golpes con suma violencia.
El bar Capri estaba en expansión, la moza y los dueños se afanaban en agregar mesas y sillas. A la noche, al cierre de los locales, Isaquito & Asociados festejarían la adquisición de su propiedad número mil con locatarios que le sacaron préstamos en usura, con los que empeñaban sus cosas y con los que, de alguna manera, tenían relaciones lucrativas.
A la oportunidad la pintan calva, ése era el momento de presentar mi informe.
Esperé en el Bahía.
Junto a una chicha que no pedí, la Doris me acercó otro libro olvidado por su hija: El Kamasutra ilustrado de un tal Anónimo. Me sorprendió un déja vu. H­a­bía pasado por el libro aunque no podía recordar cuándo ni cómo.
Esperando la celebración de los Isaquitos, y para cerrar el caso, tuve tiempo para solazarme con el sexo intelectual.

viernes, 18 de mayo de 2012

LA COSHER NOSTRA (3ª parte) uN CASO DE TUTTO FLATULETII

Las opiniones del Rufián Melancólico

Trauman salía del Mercado Norte llevando un par de bolsas llenas con mercadería comestible. Sobre el caftán abierto colgaba una metra Uzi, cal 9mm Parabellum.

–¿Me espera a mí? –preguntó Trauman.

–Si –dijo Roberto Arlt–, quiero entrevistarlo para el diario Crítica.

–¿Ahora?

–¿Por qué no?

–Bueno, si me acompaña caminando hasta el shil.

–¿Shil? ¿Qué es un shil?

–Sinagoga.

–Está bien… –Hicieron unos pasos en silencio hasta que Arlt lo sorprendió–. ¿Sabía usted que Erdosain no encuentra cómo agradecerle el enorme favor que le ha hecho? ¿Por qué le regaló ese dinero?

–Yo estaba en un buen momento. Si uno tuviera que hacerlo todos los días… pero así… Además, están los intereses.

–¿Y cómo es que teniendo usted fortuna continúa en la trata?

–Vea amigo, la trata como usted le dice, no es para todos los hombres ¿Por qué voy a dejar varias mujeres que me rinden mucha plata sin ningún trabajo? ¿Las dejaría usted?

Arlt omitió responder la pregunta que quería involucrarlo y repreguntó –¿Y usted no las quiere? ¿Ninguna de ellas lo atrae especialmente?

Antes que Trauman pudiera contestar fueron interrumpidos por un juan que hacía adicionales frente a una de las tantas concesionarias de motocicletas de baja cilindrada que hay en la zona.

–Buenas tardes, don Trauman, ¿cómo está usted?... –dijo el policía respetuosamente.

–Bien Yonathan, ¿y al final, qué tenía Braian?

–Sarna, don Trauman, mi mujer lo llevó al dispensario.

–¿Está mejorando? –Al tiempo que preguntaba esto le daba un puñado de caramelos ácidos que llevaba en su caftán–. Tomá, para tu hijo.

–Gracias, don Trauman –respondió el policía guardando las golosinas–, le estamos haciendo un tratamiento.

–Cuidalo mucho, ¿ió?

Siguieron caminando

–¿En qué estábamos?… –retomó el rufián dirigiéndose a Roberto Arlt.

–Que si no se siente atraído por alguna de ellas –volvió a repetir.

El fiolo lo miró estupefacto un par de segundos y repuso –Escúcheme bien. Si mañana viniera un doctor y me dijera: Micaela se le muere en una semana la saque o no del prostíbulo, yo a la Micaela, que me ha dejado muchos verdes en cuatro años, le permito que trabaje los seis días y que reviente el séptimo, ¿comprende?

–¿Y no le tendría lástima aunque más no sea?

–¿Lástima? –Contestó Trauman–. Amigo, a una ramera no hay que tenerle lástima. No hay mujer más perra, más dura, más amarga que una prostituta. No se asombre, yo las conozco. Sólo a palos se las pueden manejar. Usted debe pensar como el resto de la gente que el manager es el explotador y la ramera la víctima. Pero dígame: ¿Para qué necesita ella todo el dinero que gana? Lo que no se dice es que la ramera que no tiene hombre anda desesperada buscando uno que la engañe, que le rompa el alma de cuando en cuando y que le saque todos los verdes que pueda porque son así de bestias. Se ha dicho que la mujer es igual que el hombre. Mentiras. La mujer es inferior al hombre. Fíjese nomás en nuestras mujeres. Ellas eran las que cocinaban, trabajaban, limpiaban, hacían todo mientras nosotros nos recogíamos en el temor a Dios y observábamos el Pacto de Israel. Lo mismo pasa en la vida moderna. El hombre, salvo ganar dinero, no hace nada. Y créame –enfatizó–, la mujer de la vida a la que no se le saca el dinero lo desprecia a uno. Sí señor, en cuanto le empiezan a tomar cariño, lo primero que desean es que le pidan platita... El que camina entre dos mujeres es como si caminara entre dos mulas.

–¿Y los homosexuales?

–¡Bestias abominables!

–¿Y los travestis?

–Bueno… –comenzó a responder el Rufián Melancólico justo cuando llegaban al puente Centenario.

Fueron interrumpidos por uno de los adicionales que instalaban un retén para controlar el choreo de las motos de baja cilindrada. Todos los juanes se arrimaron a saludar respetuosamente. Recibieron consejos y caramelos.

Trauman y Arlt cruzaron el puente.

Entre los boliches de la zona del ex mercado de abasto un grupo de originarios del Paraguay, Bolivia, Perú… se saludaban como si fueran amigos y entraban a un galpón presidido por una enorme estrella de David y el candelabro de los siete brazos.

–¿Ve?... –dijo el ortodoxo con cierto grado de exaltación–. Esos se dicen judíos que creen que llegó el Mesías. Es como si ustedes, los argentinos, llamaran Falklands a las Malvinas.

Roberto Arlt no dejaba de anotar en tanto que los parlantes atronaban la zona preguntándose: ¿Quién soy? ¿Adónde voy? ¿Para qué estoy?

–¡El copyright del Maguén David y la Menoráh es nuestro! –Reclamó el caftán alimentando su exaltación, su odio y refiriéndose a los símbolos religiosos–, ellos se hacen llamar el Ministerio del Pueblo Elegido y se jactan que en los Estados Unidos son como la Coca Cola.

Cada aclaración que hacía el Caftán sumaba una porción de cólera hasta que, quebrantada toda paciencia y noción de realidad, el ortodoxo peló la metra y ante la incredulidad de Arlt, vació varios cargadores entre la multitud. A uno que contraía espasmódicamente los dedos le reventó la cabeza.

–Es para evitarle confusiones al Mesías –aclaró.

Relajado continuó caminando hacia el templo de barrio Cofico seguido por un desconcertado Arlt que ya había abandonado su cuaderno.

–Créame, amigo –Retomó Trauman–, la mujer, sea o no honrada, es un animal que tiende al sacrificio. Ha sido construida así. ¿Por qué cree usted que los padres de la Iglesia desprecian tanto a la mujer? La mayoría de ellos han vivido como grandes aristócratas y sabían que animalito es. Y la mujer de la vida es peor aún. Es como una criatura: hay que enseñarles de todo ¡Todo hay que enseñárselo!

Habían entrado a la zona de las mansiones del barrio, en el dulce atardecer las palabras del fiolo abrieron un paréntesis de extrañeza, Arlt comprendió que estaba junto a una vida substancialmente distinta a la suya.

En definitiva –remató Noé Trauman llegando ya a la sinagoga de la calle Sucre–, de una manera u otra son todas putas: Las que se levantan las tetas, o se depilan, maquillan, muestran su silueta, usan minifalda e, inclusive, aquellas que creían que se casaban con “el próspero comerciante enriquecido en América” o con el príncipe azul. Putas sólo diferentes en grado, no en esencia… todas están dispuestas a venderse por unas monedas, o verdes, o prestigio, o seguridad…

Las que tienden a pasar desapercibida, usan ropas holgadas, se dejan los pelos, su desodorante es el jabón Federal y compiten mano a mano con el hombre no son putas…, esas son lesbianas.

Y pobrecitas, todas ellas están tan locas, que uno no sabe si compadecerlas o romperles la cabeza con un palo.

En la puerta del templo una pendeja indigente con un niño desnutrido en brazos rogó por ayuda.

Sin decir agua va, Noé Trauman enarboló nuevamente la Uzi cal 9mm Parabellum, y con la experiencia que da la práctica descerrajó una ráfaga corta, eficiente, económica. Sólo tres disparos que hicieron impacto en los menesterosos.

Al tiempo que juntaba las vainas para recargarlas, le decía al periodista –A estos hay que eliminarlos de chiquitos, tienen tendencia a ser plaga.

La expresión de Roberto Arlt fue tan elocuente que el rufián se vio obligado a corregir no sin cierta indulgencia –De última… ¿acaso no sacrifican a los caballos? ”

Desperté de la alucinación totalmente mojado y no porque se me hubieran ido las cabras. El corazón me avisaba con violentos latidos que se me venía el infarto, tras otro nariguetazo me tranquilicé.

FIN DE LA TERCERA PARTE.